Niñas y niños con discapacidad: el reto de la verdadera inclusión.

Columna
  • Hay visitas que te cambian la perspectiva. Que te recuerdan para qué estás en el cargo y qué es lo que realmente importa más allá del trabajo legislativo cotidiano.

Las visitas a Lomas de San Miguel han sido eso para nosotros. En ese espacio convergen tres Centros de Atención Múltiple: el preescolar, donde los más pequeños dan sus primeros pasos en el aprendizaje; el de educación básica, donde se construyen las bases que todo niño y niña merece; y el laboral, donde jóvenes con discapacidad desarrollan habilidades para la vida y para el trabajo. Tres etapas. Un mismo compromiso: que ninguna persona se quede afuera y que ninguna se quede atrás: lograr la verdadera inclusión.

Cada recorrido, cada conversación, cada mirada de las niñas, niños y jóvenes que ahí se atienden nos ha dejado una certeza que no cabe en ningún decreto ni en ningún presupuesto: una sociedad se mide por cómo trata a quienes más necesitan de ella.

México tiene una deuda histórica con las personas con discapacidad. No es una deuda de buenas intenciones — de esas ha habido muchas. Es una deuda de estructura, de política pública, de presupuesto y de cultura. Durante demasiado tiempo, la discapacidad fue tratada como un tema marginal, como algo que se atendía en los bordes del sistema y que no merecía estar en el centro del debate público. El resultado es visible en cada familia que tiene que navegar sola un laberinto de trámites, diagnósticos, terapias, apoyos insuficientes y miradas que aún no saben cómo incluir.

Pero en los CAM de Lomas de San Miguel hay algo que el sistema formal todavía no ha logrado replicar a escala: comunidad. Hay maestras y maestros que conocen a cada estudiante por su nombre, por su historia, por sus avances y por sus días difíciles. Hay terapeutas que trabajan con recursos limitados y resultados que desafían cualquier pronóstico. Y hay padres y madres y familia extensa — en particular madres, hay que decirlo — que organizan su vida entera alrededor del cuidado de su hijo o hija, que renuncian a empleos, a descanso, a proyectos propios, y que lo hacen con una entrega que pocas veces recibe reconocimiento público.

  • Esas personas no deben ser invisibles para el sistema.

No salen en las estadísticas de productividad. No generan titulares. No tienen un espacio institucional que las nombre con la frecuencia y la visibilidad que merecen. Y sin embargo, son las que sostienen en la práctica lo que las políticas públicas deberían garantizar en teoría.

Visibilizarlas no es un gesto simbólico. Es un acto político. Significa decir en voz alta que el trabajo de cuidado tiene valor, que quienes lo realizan merecen apoyo y no solo reconocimiento moral, y que una agenda de inclusión real no puede construirse sin poner a estas familias en el centro de las decisiones.

 

La inclusión no es adaptar a las personas con discapacidad para que quepan en un mundo que no fue diseñado para ellas. La inclusión es rediseñar ese mundo. Es pensar los espacios públicos, los sistemas educativos, los servicios de salud y los marcos legales desde la premisa de que todas las personas tienen el mismo derecho a participar, a aprender, a desarrollarse y a ser vistas.

Lo que existe en Lomas de San Miguel — esa continuidad educativa que va del preescolar al desarrollo laboral — debería ser la norma en todo el país y no la excepción que hay que buscar y agradecer. Que una persona con discapacidad pueda transitar por etapas educativas articuladas, pensadas para ella, es exactamente lo que una política de inclusión real debe garantizar. Verlo funcionando en el territorio es un recordatorio poderoso de lo que es posible cuando hay voluntad y cuando hay personas comprometidas detrás.

Desde esta representación seguiremos acompañando ese trabajo. No como favor sino porque cada visita a estos centros es, antes que cualquier otra cosa, un privilegio. El privilegio de ser recibidos con confianza por familias que pocas veces sienten que el sistema les abre la puerta. El privilegio de ver de cerca la fortaleza silenciosa de quienes cuidan sin descanso. Y el privilegio de tener la posibilidad de hacer algo concreto con todo lo que se ve y se escucha.

El trabajo que hay detrás de cada niña y niño con discapacidad es inmenso y muchas veces solitario. Nombrarlo es lo mínimo. Acompañarlo con acciones concretas es el compromiso.


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