Gracias, maestras y maestros

Columna 5

Hay una imagen que no se me olvida. Mi mamá, lista para salir temprano, uniforme planchado, bolsa llena de cuadernos que revisar en el camino. Nosotros todavía dormidos. Ella ya pensando en sus alumnos.

Esa imagen se repitió miles de veces durante mi infancia. Y con ella, otras que también quedaron grabadas: los festivales de otros niños a los que ella sí llegó, y los propios a los que a veces no pudo. Las tardes corrigiendo exámenes en la mesa del comedor. Los fines de semana preparando materiales. Las conversaciones en las que hablaba de sus alumnos con un cuidado y una preocupación que iba mucho más allá del horario laboral.

De niña no entendía del todo. Hoy, desde este cargo, lo entiendo perfectamente.

Ser maestra o maestro en México no es un trabajo. Es una vocación que se ejerce con el cuerpo, con el tiempo y con algo que no aparece en ningún contrato: el corazón. Es llegar temprano y quedarse tarde. Es conocer no solo el nombre de cada estudiante sino su historia, su contexto, lo que trae de casa y lo que necesita encontrar en el aula. Es sostener a un niño que no desayunó, a una adolescente que atraviesa algo difícil, a una familia que deposita en la escuela una confianza enorme y muchas veces silenciosa.

El 15 de mayo no debería ser solo un día de flores y bailables. Debería ser una pausa colectiva para recordar lo que los maestros y las maestras de este país hacen todos los días y lo que eso significa para cada una de las familias que confían en ellos.

Porque los maestros no solo enseñan a leer y a sumar. Transmiten valores. Forjan carácter. Modelan la manera en que una niña o un niño aprende a relacionarse con el mundo, a resolver problemas, a tratar a los demás. Son, en muchos sentidos, la segunda familia. Y en algunos casos, la más estable que un estudiante tiene.

Eso no se improvisa. Eso no se reemplaza con una pantalla ni con un algoritmo. Eso requiere presencia, paciencia y una entrega que muchas veces pasa desapercibida porque ocurre en silencio, en salones que pocos adultos visitan, con recursos que casi siempre son insuficientes y con un reconocimiento social que nunca ha estado a la altura de la responsabilidad que cargan.

Mi mamá me enseñó eso sin decírmelo directamente. Me lo enseñó con su ejemplo. Con cada mañana que salió antes que nosotros. Con cada noche que dedicó a sus alumnos cuando ya debería estar descansando. Con la manera en que hablaba de su trabajo — nunca como una carga, siempre como algo que valía la pena, incluso cuando era difícil, incluso cuando cansaba, incluso cuando el sistema no respondía como debía.

Hoy, desde la Cámara de Diputados, pienso en ella y pienso en todos los maestros y maestras que están haciendo exactamente lo mismo en este momento, en miles de salones a lo largo y ancho del país. Y me pregunto si como sociedad estamos respondiendo a esa entrega con la misma seriedad con la que ellos responden a su vocación.

La respuesta honesta es que todavía nos falta. Falta dignificar las condiciones en las que trabajan. Falta que los salarios estén a la altura de la responsabilidad que asumen. Falta que la infraestructura escolar refleje el valor que decimos darle a la educación. Falta que el reconocimiento no sea solo de palabra un 15 de mayo, sino una política sostenida durante los 365 días del año.

Los maestros y las maestras de México merecen eso y más. Son, sin exageración, una de las instituciones más importantes que tiene este país. No porque lo diga una ley, sino porque lo demuestra la vida de millones de personas que aprendieron a ser quienes son gracias a alguien que eligió pararse frente a un grupo y dar lo mejor de sí misma cada día.

Gracias, maestra. Gracias, mamá.

 


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