Chapultepec, el día en que méxico defendió su futuro

Fernando Padilla

Plática del ingeniero Fernando Padilla Farfán con motivo del aniversario de la gesta histórica del Castillo de Chapultepec

Hay fechas que pertenecen a la memoria de un país. Y hay otras que, además de recordarse, obligan a preguntarse quiénes eran aquellos hombres y jóvenes que estuvieron allí, qué defendían realmente y qué significó para México aquella derrota que, con el paso del tiempo, terminó convirtiéndose en símbolo de victoria moral.

El 13 de septiembre de 1847 es una de esas fechas, afirmó Padilla Farfán. Ese día, el Cerro de Chapultepec dejó de ser solamente una elevación estratégica al poniente de la Ciudad de México. Se convirtió en escenario de una de las páginas más conocidas —y quizá menos comprendidas— de la historia nacional.

Pero para entender lo que ocurrió allí hay que comenzar por una precisión: Chapultepec no fue una batalla aislada.

Fue uno de los últimos episodios de la guerra entre México y Estados Unidos de 1846-1848, una guerra que había comenzado en medio de una profunda crisis política, económica y territorial de México.

El país acababa de atravesar décadas de inestabilidad después de la Independencia. Había sufrido golpes de Estado, enfrentamientos entre federalistas y centralistas, problemas financieros y conflictos internos.

Y mientras México discutía sobre la forma que debía tener la República, Estados Unidos avanzaba hacia el oeste. La anexión de Texas en 1845 fue uno de los detonantes de la guerra.

Después vendría una campaña militar que llevaría a las tropas estadounidenses desde el norte del país hasta el corazón mismo de la República. Y en septiembre de 1847, el ejército invasor ya estaba frente a la Ciudad de México.

EL CASTILLO NO ERA TODAVÍA EL PALACIO QUE HOY SE CONOCE

Uno de los detalles que suelen olvidarse es que el Castillo de Chapultepec no era entonces el edificio monumental que actualmente identifica al lugar, afirmó el ingeniero Padilla.

Su historia era mucho más antigua. Chapultepec había sido un sitio de enorme importancia desde tiempos prehispánicos. Para los mexicas era un lugar estratégico por sus manantiales y por su posición dominante sobre el valle. Siglos después, durante el periodo virreinal, el cerro continuó teniendo importancia.

En 1785 comenzó la construcción de un palacio destinado originalmente a convertirse en residencia de descanso de los virreyes. La obra quedó inconclusa durante mucho tiempo.

Después de la Independencia, el edificio tuvo diversos usos. Para 1847 funcionaba como sede del Colegio Militar. Y allí aparece un detalle fundamental para comprender la historia. Los jóvenes que estaban en Chapultepec no eran simplemente niños que casualmente se encontraban en el castillo. Eran cadetes de una institución militar.

Algunos eran muy jóvenes, ciertamente. Pero estaban siendo formados para convertirse en oficiales del ejército mexicano.

El Colegio Militar representaba, en cierto sentido, una de las instituciones donde México intentaba formar a la generación que habría de hacerse cargo de la defensa de la República.

Chapultepec tenía un valor estratégico extraordinario. Desde lo alto del cerro se dominaba buena parte del acceso occidental a la Ciudad de México. El general Nicolás Bravo recibió la responsabilidad de la defensa del punto.

Padilla Farfán consideró que el problema era enorme.

México tenía un ejército agotado, con escasez de recursos y una cadena de derrotas a sus espaldas. Frente a él se encontraba un ejército estadounidense mejor abastecido y con una estructura militar considerablemente superior. El 12 de septiembre comenzó el bombardeo. Durante horas, la artillería estadounidense golpeó las posiciones mexicanas.

Los defensores sabían que el ataque principal se aproximaba. Y entonces ocurrió algo que suele perderse detrás de la leyenda. Los cadetes del Colegio Militar no fueron los únicos que defendieron Chapultepec. Había soldados, oficiales y otros miembros de las fuerzas mexicanas. La defensa fue colectiva.

Sin embargo, seis cadetes terminarían convirtiéndose en los protagonistas simbólicos de la jornada. Sus nombres pasarían a la historia como los Niños Héroes: Juan de la Barrera, Juan Escutia, Francisco Márquez, Agustín Melgar, Fernando Montes de Oca y Vicente Suárez.

Pero sus historias individuales fueron diferentes. Y algunos detalles resultan particularmente reveladores.

EL MÁS JOVEN, Francisco Márquez tenía apenas 13 años. Es difícil imaginar hoy lo que significa que un muchacho de esa edad estuviera en medio de una batalla. La tradición histórica cuenta que Márquez murió combatiendo y que posteriormente se encontró su cuerpo junto al de soldados enemigos.

Más allá de la edad, lo que interesa históricamente es comprender que aquellos cadetes pertenecían a una institución que había decidido permanecer en su puesto cuando la situación militar era prácticamente insostenible.

EL PRIMER CADETE EN CAER fue Vicente Suárez, tenía alrededor de 14 años.

La tradición señala que fue colocado en uno de los accesos del Colegio Militar y que enfrentó a soldados estadounidenses que intentaban penetrar en la posición. Suárez murió durante el combate. Su historia es particularmente importante porque muestra que la defensa no fue solamente una escena final en lo alto del castillo. Hubo combate cuerpo a cuerpo. Hubo jóvenes que entendieron que el momento que estaban viviendo no era un ejercicio militar. Era una guerra.

Juan de la Barrera era considerablemente mayor que los demás. Tenía 19 años y ya era teniente de ingenieros. Había nacido en la Ciudad de México y pertenecía a una familia relacionada con la carrera militar. Murió defendiendo una de las posiciones mexicanas. Su presencia permite desmontar otra simplificación.

No todos los llamados Niños Héroes eran niños. La denominación pertenece sobre todo a la memoria nacional que se construyó posteriormente.

Aquí aparece uno de los grandes misterios de Chapultepec, puntualiza Fernando Padilla Farfán. Durante generaciones se enseñó que Juan Escutia, al observar que los estadounidenses estaban a punto de tomar el castillo, se envolvió en la bandera mexicana y se arrojó desde lo alto para evitar que cayera en manos enemigas.

Es una imagen poderosa. Probablemente demasiado poderosa. Porque no existe certeza histórica suficiente para afirmar que ocurrió exactamente de esa manera. De hecho, la existencia misma de Juan Escutia como cadete del Colegio Militar ha sido objeto de discusión histórica. La historia de la bandera apareció y se fortaleció con el paso de las décadas. Eso no significa que deba desecharse. Significa algo más interesante: los países también construyen símbolos alrededor de acontecimientos reales. Con esta frase cierra su plática el ingeniero Fernando Padilla Farfán.


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