Serbia al borde del colapso

e4e9e0ce-d521-4e33-bea0-46b5091d795e

 Serbia al borde al borde del colapso: entre la represión de Vučić y el eco de la caída de Milošević

Serbia atraviesa una de sus crisis sociopolíticas más graves desde la caída de Slobodan Milošević hace 25 años. Las calles de Belgrado, Novi Sad y otras ciudades se han convertido en escenario de una lucha abierta entre un gobierno que se aferra al poder y una ciudadanía cansada de la corrupción, el autoritarismo y la impunidad. El presidente Aleksandar Vučić, quien construyó su liderazgo bajo una retórica nacionalista y un férreo control de los medios, enfrenta hoy la ola de protestas más amplia desde que asumió el cargo.

La chispa de estas protestas fue el colapso del techo de la estación de tren de Novi Sad en noviembre de 2024, que dejó 16 muertos. La tragedia expuso los entramados de corrupción en obras públicas ligadas a contratos internacionales, especialmente con el gobierno chino. Pero lo que inició como duelo, pronto se convirtió en un movimiento nacional que exige justicia, rendición de cuentas y un cambio profundo en el rumbo del país.

El movimiento social comenzó en las universidades, con estudiantes que exigían verdad y justicia. Las aulas se convirtieron en trincheras de resistencia cívica, con paros simbólicos y manifestaciones diarias. Pronto se sumaron profesores, médicos, sindicatos, agricultores y miles de ciudadanos comunes, dando a la protesta un carácter transversal y multitudinario. Las demandas de los manifestantes no son menores: liberación de los detenidos (que pareciesen correr con la desgracia de ser presos políticos), sanción a los responsables de la represión, incremento sustancial al presupuesto educativo y la convocatoria a elecciones anticipadas, sin dejar de lado la demanda inicial: condenar a los responsables de las muertes ocasionadas por el “accidente” de la estación de trenes de Novi Sad.

Sin embargo, el conflicto local escaló rápidamente y hoy son más de 400 localidades las que han registrado protestas, recordando la movilización popular que, en el año 2000, logró poner fin a una década de dictadura de Milošević. Siguiendo entonces esa similitud noventera, el régimen actual ha respondido con represión desmedida. Los informes de detenciones arbitrarias, palizas, uso de gas lacrimógeno y campañas de difamación contra estudiantes se acumulan. Amnistía Internacional y la ONU han exigido al gobierno poner fin a la violencia y respetar las libertades fundamentales. Sin embargo, Vučić insiste en calificar a los manifestantes de “terroristas” y acusa a Occidente de querer desestabilizar a Serbia mediante una “revolución de color”.

Este discurso no es nuevo: recuerda la narrativa de Milošević en sus últimos años, cuando acusaba de traidores a quienes se oponían a su régimen; el paralelismo es inevitable. Como en el 2000, la calle se ha convertido en el espacio donde los ciudadanos buscan recuperar un poder que sienten arrebatado por un gobierno cada vez más alejado de la legalidad y del espíritu democrático. Y como en el mismo año 2000 e incluso en los años de la crudelísima guerra de Yugoslavia entre 1991 y 1996, el gobierno pareciese hacerse de los servicios de grupos de choque que, disfrazados de manifestantes, han violentado calles, monumentos, civiles e incluso a otros manifestantes, con el uso de petardos, bengalas, bates y demás armas rudimentarias.

Siendo más precisos, la semana pasada marcó un punto de inflexión para todo el país y todos estos meses de paro. Las protestas, hasta entonces mayormente pacíficas, derivaron en choques violentos en Belgrado y Valjevo, donde la brutal agresión policial grabada en video incendió aún más la indignación de la población civil. Oficinas del partido gobernante fueron atacadas, vehículos oficiales incendiados y el país vive una atmósfera de confrontación constante. Pero, mientras esto sucede, en los medios de comunicación – controlados por supuesto por el gobierno federal- nada se muestra, nada se cuenta; la censura es una realidad con la que los serbios viven desde hace algunos años.

El presidente Vučić ha prometido “mano dura” sin declarar un estado de emergencia, confiando en el control de las fuerzas de seguridad. Pero cada acto de represión parece fortalecer la convicción de los manifestantes, que ven en la resistencia cívica no solo un deber, sino la única vía para frenar el autoritarismo. Así pues, el destino político de Aleksandar Vučić se juega ahora en un terreno que recuerda peligrosamente al que terminó con Milošević. En el año 2000, la combinación de protestas masivas, la presión internacional y las fracturas internas en el régimen, provocaron la caída del hombre fuerte de Belgrado. Hoy, aunque Vučić mantiene un férreo control sobre el aparato estatal y los medios, la magnitud del descontento ciudadano apunta a un escenario de creciente ingobernabilidad.

Para Serbia, el desenlace marcará su rumbo internacional. Si el régimen persiste en la represión, el país corre el riesgo de un aislamiento semejante al de la era Milošević, alejándose de la Unión Europea y aferrándose a los respaldos de Rusia y China, a quienes esta situación ya no les es de agrado, pues nadie quiere de aliado a un gobierno en caos, frágil y descaradamente totalitario. En cambio, una apertura política forzada por la movilización social podría devolver al país la esperanza de democratización y de integración europea, aunque el camino esté plagado de tensiones internas.

Para los manifestantes, el desafío es monumental: mantener la unidad y la resistencia pacífica, evitando caer en la narrativa gubernamental que los pinta como violentos agitadores. Si logran sostener la movilización y articularla en una fuerza política organizada, podrían repetir la hazaña de 2000, convirtiéndose en el motor de un nuevo capítulo democrático para Serbia.

La tarea no es sencilla, pero si los serbios se han destacado en algo a lo largo de su historia, es por su altísima e invaluable resiliencia. Serbia se levantó de una desastrosa Primera Guerra Mundial que empezó justamente en su tierra, enmendó el camino tras los crudísimos días de la Segunda Guerra Mundial que particularmente los destruyó, salieron adelante tras las guerras de separación de los noventa, del bombardeo de la OTAN en el 99 y del régimen de Milošević del 2000. Belgrado, la capital, es una ciudad que ha sido destruida 15 veces en su historia y reconstruida en cada una de esas lamentables situaciones. Hoy, el eco de aquellas marchas que derrocaron a Milošević resuena en las plazas serbias. En aquel entonces, el pueblo demostró que podía cambiar la historia. La pregunta es si, un cuarto de siglo después, Serbia estará preparada para hacerlo de nuevo.

 


Nosotros

Paralelo 19 es un periódico digital que tiene como principal objetivo mantener informada a la ciudadanía de manera veraz y objetiva.

El proyecto nace de la inquietud de periodistas, emprendedores y comunicólogos de otorgar la mejor información a los lectores en todos sus sectores; el político, el social, el cultural, el deportivo, el laboral, el empresarial y el religioso, con la finalidad de brindarles una experiencia multimedia que satisfaga las necesidades de la audiencia.

Leer más…