El punto de quiebre entre la justicia y la intervención en Venezuela

La ausencia de Maduro podría abrir el camino a una transición política, a elecciones más creíbles y a una eventual reconstrucción institucional
La captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos marca un punto de quiebre en la historia reciente de América Latina. No es solo la detención de un dictador acusado durante años de autoritarismo, corrupción y narcotráfico, es también la intervención directa de una potencia extranjera en un país soberano, con todas las implicaciones políticas, legales y humanas que ello conlleva.
Esta realidad obliga a mirar más allá de la euforia o la indignación inmediata, y preguntarnos, desde la frialdad del análisis, qué significa este hecho para Venezuela y para los venezolanos.
Durante más de una década, el régimen de Maduro gobernó un país sumido en la hiperinflación, el colapso, la persecución de opositores y un éxodo masivo. Para millones, su caída parecía una condición necesaria, aunque no suficiente, para recuperar la esperanza de un país funcional.
Bajo esa óptica, su captura podría interpretarse como un acto de justicia histórica y la posibilidad de que un gobernante señalado por graves delitos enfrente por fin un juicio real, fuera del control del aparato estatal que lo protegió.
Sin embargo, el modo en que esto ocurrió con la intervención militar de Estados Unidos quiebra el principio de soberanía nacional y sienta un precedente que incomoda incluso a gobiernos críticos del chavismo, porque la frontera entre legalidad, fuerza y poder se vuelve borrosa.
Para los ciudadanos venezolanos, los beneficios son claros, aunque inciertos. La ausencia de Maduro podría abrir el camino a una transición política, a elecciones más creíbles y a una eventual reconstrucción institucional. También podría reducir el margen de maniobra de las redes criminales incrustadas en el país. Pero nada de ello está garantizado.
Tras la caída de un liderazgo autoritario, el vacío de poder puede desencadenar pugnas internas, radicalización o incluso violencia. El país enfrenta ahora un periodo de alta volatilidad, donde la estabilidad dependerá de la capacidad de sus élites y de la comunidad internacional para evitar tentaciones de revancha o imposiciones externas.
Hay un riesgo de fondo y es que el futuro de Venezuela quede condicionado por los intereses estratégicos de Washington. Cuando una potencia militar captura a un jefe de Estado en funciones, el discurso de “restaurar la democracia” se mezcla inevitablemente con objetivos geopolíticos.



Martha Berra



