El llamado urgente de la tecnología

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La velocidad del avance tecnológico que presenciamos en la actualidad no admite comparaciones sencillas con otros momentos de la historia económica. Algunos especialistas sostienen que la transformación que vivimos podría ser incluso más profunda que la aparición de la agricultura o la primera Revolución Industrial. Lejos de ser una afirmación exagerada, se trata de una conclusión respaldada por datos duros, tendencias verificables y cambios estructurales que ya están redefiniendo la forma en que operan las empresas, compiten las industrias y crecen las economías.

De acuerdo con el Foro Económico Mundial, más del 60 % del valor económico que se generará hacia 2030 tendrá su origen en modelos de negocio digitales o habilitados por tecnología. A su vez, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha documentado que las empresas con un alto grado de adopción tecnológica registran incrementos de productividad entre dos y tres veces superiores a los de aquellas que operan con esquemas tradicionales. Estos datos no describen una moda pasajera, sino un cambio profundo en la lógica económica global.

Para dimensionar la magnitud de esta transformación, basta observar el ritmo al que se ha producido. La agricultura tardó milenios en modificar la organización social. La industrialización requirió más de un siglo para consolidar sus efectos. La revolución digital, en contraste, ha concentrado su impacto en apenas tres décadas, y la reciente irrupción de la inteligencia artificial ha comprimido aún más los tiempos de adaptación. El Fondo Monetario Internacional estima que cerca del 40 % de los empleos a nivel global estarán expuestos a la IA en los próximos años, ya sea mediante automatización, transformación de funciones o aumento de capacidades humanas. El efecto no será homogéneo, pero sí inevitable.

En este contexto, las empresas reaccionan de manera desigual. Algunas operan en sectores donde la presión tecnológica aún no es evidente y continúan funcionando con esquemas tradicionales sin grandes sobresaltos. Otras comienzan a percibir la necesidad de digitalizarse y dan pasos iniciales: migración parcial a la nube, sistemas administrativos básicos o análisis de datos incipiente. Sin embargo, existe un tercer grupo para el cual la tecnología no es una opción gradual, sino una urgencia estratégica. Son empresas que compiten en mercados globales, exportan, se comparan con estándares internacionales y enfrentan rivales que ya toman decisiones en tiempo real apoyados en datos, automatización avanzada, sensores, plataformas digitales e inteligencia artificial.

Es precisamente en este punto donde muchos liderazgos empresariales cometen un error de fondo: reducir la tecnología a un tema operativo o a un proyecto del área de sistemas. La evidencia demuestra que la adopción tecnológica es, ante todo, una decisión estratégica de negocio. Las organizaciones que lo han entendido así han logrado mejoras sustanciales en productividad, eficiencia y competitividad. El caso de Siemens en manufactura avanzada es ilustrativo: mediante el uso de sensores, gemelos digitales, analítica avanzada e inteligencia artificial, la compañía ha reducido hasta en 30 % los tiempos de inactividad no planificada y ha mejorado su eficiencia energética en más de 20 %. De forma similar, Bosch ha integrado automatización e IA en sus plantas industriales con incrementos sostenidos de productividad que superan los promedios de su sector. En ninguno de estos casos la tecnología fue un fin en sí mismo; fue un habilitador de una nueva forma de operar.

México, por su parte, se encuentra en una posición particularmente relevante. Según datos del Banco Mundial, el país se mantiene entre los principales exportadores manufactureros del mundo, con una fuerte presencia en sectores como el automotriz, aeroespacial, electrónico y de dispositivos médicos. No obstante, el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO) ha advertido que la brecha tecnológica entre empresas líderes y rezagadas se está ampliando. Mientras algunas organizaciones ya operan bajo esquemas de Industria 4.0, otras continúan dependiendo de procesos manuales, hojas de cálculo y decisiones basadas más en intuición que en información.

El impacto potencial de cerrar esta brecha es significativo. Estudios de McKinsey & Company estiman que una adopción acelerada y estructurada de tecnologías digitales e inteligencia artificial podría incrementar el crecimiento del PIB mexicano entre uno y 1.5 puntos porcentuales anuales hacia el final de la década. Se trata de un efecto macroeconómico que trasciende a las empresas individuales y alcanza al empleo, la inversión y la competitividad del país en su conjunto.

No obstante, hablar de transformación digital sin considerar la ciberseguridad y la infraestructura tecnológica es una omisión grave. Conforme las empresas se digitalizan, aumentan también los riesgos. De acuerdo con IBM, el costo promedio global de una brecha de seguridad supera los cuatro millones de dólares, y en sectores industriales el daño operativo suele ser incluso mayor que el financiero. La adopción de nube, IoT e inteligencia artificial sin una arquitectura sólida, sin gobierno de datos y sin una estrategia de seguridad integral expone a las organizaciones a riesgos que pueden comprometer su continuidad operativa.

Por esta razón, las empresas que avanzan con mayor solidez no improvisan, trabajan con un enfoque hacia el futuro. Entienden que la tecnología requiere dirección, experiencia y una visión clara de negocio. La consultoría tecnológica especializada se convierte entonces en un factor crítico: no para vender herramientas, sino para alinear estrategia, procesos, personas, infraestructura, ciberseguridad e inteligencia artificial bajo un mismo objetivo competitivo.

El mensaje para los líderes empresariales es claro y sustentado en evidencia: la tecnología no sustituye al empresario ni a la dirección estratégica; amplifica su capacidad de decisión. Hoy existen herramientas de inteligencia artificial, analítica avanzada y automatización que permiten mejorar la eficiencia operativa, anticipar riesgos, optimizar recursos y competir en mercados cada vez más exigentes. La diferencia entre las empresas que liderarán y aquellas que quedarán rezagadas no estará en quién adoptó más tecnología, sino en quién entendió antes que la tecnología es un aliado estratégico y actuó en consecuencia.

El llamado es urgente, no por novedad, sino por oportunidad. Cada trimestre que una empresa retrasa decisiones en materia de tecnología, inteligencia artificial, ciberseguridad o infraestructura digital, la brecha frente a sus competidores se amplía y el costo de alcanzarlos se incrementa. Hoy, no contar con asesoría tecnológica especializada no es una señal de prudencia financiera, sino un riesgo estratégico. Las organizaciones que actúen ahora, apoyándose en servicios que traduzcan la tecnología en resultados de negocio, estarán en posición de ganar eficiencia, proteger su operación y competir con solidez en mercados cada vez más exigentes. Las que decidan esperar deberán asumir una realidad incómoda: en la economía digital, la inacción también es una decisión, y suele ser la más costosa.


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