Fútbol: ¿factor de cambio social? O ¿negocio rentable?

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Colombia utilizó el fútbol como herramienta de reconciliación en barrios marcados por la violencia. Alemania lo convirtió en vehículo de integración migrante tras la reunificación. En Brasil, múltiples programas vincularon deporte con movilidad social y educación. En Ruanda, tras el genocidio, el fútbol ayudó a reconstruir tejido comunitario.

En todos esos casos el balón fue más que espectáculo: fue política pública.

En México, en cambio, el fútbol es sobre todo negocio. Un negocio altamente rentable que consume un público adormilado que exige poco… y recibe exactamente eso.

El deporte más influyente del planeta es el fútbol. La FIFA tiene 211 países afiliados, más que la Organización de las Naciones Unidas (193). La final de Qatar 2022 fue vista por cerca de 1,500 millones de personas, aproximadamente el 19% de la población mundial, según cifras oficiales del organismo rector.

México no es actor menor en esta historia. Participó en el primer Mundial en 1930. Suma 17 Copas del Mundo. Según un reporte de La Jornada, México es el país con mayor número de futbolistas profesionales registrados en todo el mundo: 9,464 jugadores distribuidos en 224 clubes al cierre de 2023 (FIFA Professional Football Report).

La propia Liga MX reportó en 2024 una asistencia cercana a 7.8 millones de personas a estadios, colocándose como el número uno de CONCACAF y sexta a nivel mundial. En televisión, cifras oficiales de la liga hablan de 49.2 millones de espectadores acumulados por jornada incluyendo el mercado latino en Estados Unidos.

Dinero hay. Afición hay. Infraestructura hay.  Resultados estructurales, no.

Nunca hemos jugado una semifinal mundialista. El famoso “quinto partido” se convirtió en aspiración máxima. Y ahí está el síntoma.

El fútbol como espejo social

El fútbol refleja la cultura de un país.  Somos consumidores mediocres y así es nuestro fútbol. Nos conformamos con poco y eso es lo que nos dan. Celebramos lideratos en CONCACAF cuando la comparación debería ser global. Aplaudimos formatos donde 10 de 18 equipos pueden aspirar al título. Aceptamos la eliminación del ascenso y descenso. Consumimos partidos “moleros”.

En entrevista con diversos medios deportivos nacionales, el máximo exponente del fútbol mexicano, Hugo Sánchez, fue claro: la eliminación del ascenso y descenso y el exceso de extranjeros afectan directamente la competitividad.

El portal Claro Sports ha señalado entre los factores del estancamiento: baja producción de jóvenes, escasa exportación de talento, extranjeros de bajo impacto, pérdida de competencias sudamericanas y un formato que premia la irregularidad.

El sistema responde a incentivos, no a discursos.  Mientras el modelo sea económicamente sostenible para los dueños —con derechos de televisión garantizados, patrocinios blindados y, en muchos casos, subsidios gubernamentales— no existe presión real para cambiar.

El contexto estructural

El presupuesto asignado a la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE) para 2026 registró una disminución respecto al año anterior, a pesar del crecimiento del gasto federal total. En términos de porcentaje del PIB, México invierte considerablemente menos en deporte que potencias europeas como Alemania, España o Francia.

A ello se suman factores sociales: desigualdad persistente, violencia, corrupción en procesos formativos y falta de acceso equitativo a oportunidades deportivas.  Pero incluso con todo eso, hay una variable incómoda que casi nunca mencionamos: la afición.

El consumidor define el producto

En México el fútbol no se mueve por presión deportiva. Se mueve por presión económica y reputacional. Mientras los ratings se mantengan, las playeras se vendan, los estadios se llenen y los gobiernos sigan subsidiando infraestructura o rescatando finanzas, el incentivo es conservar el modelo actual.

El mercado manda. Y el mercado somos nosotros.  Si consumimos sin exigir calidad, obtendremos entretenimiento mediocre.  Si premiamos la narrativa triunfalista, nos venderán humo.  Si castigamos con indiferencia la baja calidad, el sistema reaccionará.  Así funciona cualquier industria.

¿Puede el fútbol ser factor de cambio social en México?

Sí. Pero no en su versión actual.  Para que el fútbol sea herramienta de transformación tendría que:

Integrarse a políticas públicas de prevención de violencia juvenil.
Vincularse estructuralmente con educación.
Transparentar procesos formativos.
Recuperar competitividad deportiva.
Medir impacto social real.

Los ejemplos internacionales muestran que el deporte por sí solo no cambia un país, pero integrado en una estrategia pública coherente sí puede hacerlo.  La pregunta es más profunda:

¿Queremos un fútbol que transforme… o solo uno que entretenga?

Mientras nuestra aspiración colectiva siga siendo “llegar al quinto partido”, mientras económicamente el negocio siga funcionando para los dueños y políticamente sea útil para gobiernos, el incentivo al cambio será mínimo.

El fútbol mexicano no es víctima del sistema.  Es producto de él.  Y también, de nosotros.

Gabo Guillermo®

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Del autor: GABO GUILLERMO

Refleja una sólida trayectoria profesional en el ámbito del branding, relaciones públicas y

medios de comunicación, con una destacada experiencia en liderazgo y consultoría en diversos sectores. Ha publicado un libro, así como más de 250 colaboraciones en temas sociales – empresariales para diversos medios de comunicación en varios estados del país.

 


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