Innovación para romper el estancamiento

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Hay momentos en la historia económica en los que el crecimiento no se frena por falta de recursos, sino por falta de imaginación. El Índice Mundial de Innovación 2025, publicado por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (WIPO), describe precisamente ese punto de inflexión. No es un ranking diseñado para celebrar a los países “más creativos”, sino una radiografía que expone a las economías que han logrado convertir la innovación en un sistema productivo y aquellas que permanecen atrapadas en un ciclo de bajo dinamismo, aun teniendo talento, mercado y capital.

La edición 2025 evalúa a 139 economías a partir de cerca de 80 indicadores, agrupados en dos grandes bloques: los insumos de la innovación, instituciones, capital humano, infraestructura, sofisticación de mercado y empresarial, y los resultados, conocimiento, tecnología y activos creativos. La lógica de estos datos es muy relevante, innovar no es solo ser creativo, es transformar capacidades en resultados que puedan medirse e influyan en el desarrollo económico. Bajo ese criterio, el mapa global vuelve a mostrar una regularidad muy incómoda. Suiza, Suecia, Estados Unidos, Corea del Sur y Singapur encabezan el índice, siendo economías distintas en tamaño y cultura, pero idénticas en algofundamental, tratan la innovación como política de Estado y disciplina empresarial, no como discurso aspiracional. Es decir, el Estado se involucra en dar valor a su ecosistema empresarial, lo que impacta significativamente en el crecimiento.

El dato que altera lo tradicional es la consolidación de China dentro del top 10 global. No se trata de un salto simbólico, sino de la confirmación de una estrategia de largo plazo, congruente y estratégica, inversión en ciencia aplicada, escalamiento industrial, protección de propiedad intelectual y uso intensivo de datos. El mensaje implícito del índice es profundamente financiero, el crecimiento futuro no premiará a quien tenga más recursos, sino a quien logre mayor retorno sobre su inversión en conocimiento, a quienes den más valor a través de sus productos o servicios. En un contexto de desaceleración global y tensiones geopolíticas, la innovación se convierte en el principal mecanismo para romper el estancamiento sin recurrir a endeudamiento excesivo o subsidios improductivos que estancan las economías.

El propio enfoque temático del índice (Innovation at a Crossroads) subraya esta paradoja. El mundo enfrenta presiones económicas, disrupciones tecnológicas aceleradas y una transición productiva aún incompleta. En ese entorno, el costo de no innovar crece más rápido que el de innovar. Sin embargo, muchas empresas y economías siguen tratando la innovación como un gasto prescindible, cuando el índice demuestra todo lo contrario, las organizaciones más resilientes son aquellas que han integrado la tecnología, la ciencia y la creatividad en su modelo operativo, no como proyectos aislados, sino como procesos permanentes.

Uno de los aportes más relevantes del índice es su énfasis en la eficiencia. No basta con invertir, sino en cuánto valor se genera por cada unidad invertida. Bajo esta lógica, el índice revela dónde se están abriendo oportunidades de negocio reales. Cuando los cuellos de botella están en infraestructura digital, surgen oportunidades en nube, conectividad, automatización y plataformas industriales. Cuando la debilidad está en la sofisticación empresarial, el valor se crea elevando capacidades a través de la analítica avanzada, la inteligencia artificial aplicada, la ciberseguridad, el rediseño de procesos y la ingeniería de datos. La innovación, vista así, deja de ser un concepto y se convierte en una cartera de decisiones estratégicas.

Otro elemento clave del índice es el análisis de clústeres de ciencia y tecnología. La innovación no se distribuye de manera uniforme, se concentra donde existe talento, capital, mercado e instituciones, ingredientes clave para generar prosperidad y en donde el Estado lleva un rol muy importante. En este contexto, resulta particularmente relevante que Ciudad de México haya ingresado por primera vez al top 100 de clústeres globales, en la posición 79. Este dato confirma que México puede generar nodos de innovación competitivos cuando se alinean los incentivos correctos. Para el sector empresarial debe ser crítico impulsar el capital y el talento, trabajar con el Estado de fortalecer los ecosistemas de negocios, invitar a la acción y no a las intenciones.

México, en el ranking general, se ubica en la posición 58 de 139 economías. Es un lugar que refleja una realidad con dos caras. Por un lado, el país muestra una capacidad razonable para generar resultados a partir de niveles moderados de inversión, por otro, evidencia limitaciones estructurales que impiden escalar la innovación con la velocidad que exige la competencia global. En términos prácticos, México no carece de oportunidades, pero sí de sistemas. Y sin sistemas, el crecimiento depende de esfuerzos aislados, que rara vez se sostienen en el tiempo o bien generan brechas enormes con las grandes empresas.

Aquí emerge una pregunta incómoda, es importante saber si México cuenta con una base manufacturera sólida, un mercado interno relevante y una posición estratégica frente a Norteamérica, ¿por qué la innovación no se ha convertido en nuestra principal palanca de crecimiento? Parte de la respuesta desde mi punto de vista, está en cómo se gestiona dentro de las empresas. La innovación suele delegarse a áreas técnicas sin visión estratégica, medirse como experimento y no como portafolio, o limitarse a la compra de tecnología sin rediseñar procesos, sin gobierno de datos y sin una arquitectura de ciberseguridad acorde al nuevo nivel de exposición. El índice deja claro que la innovación efectiva no es un acto creativo aislado, sino una capacidad organizacional que se construye con método.

Este análisis adquiere una dimensión particularmente relevante cuando se aterriza en lo local. Puebla es un caso único. Su economía tiene un peso manufacturero significativo: cerca del 29.3 % del output estatal proviene de la industria, con una fuerte orientación exportadora, especialmente hacia Estados Unidos. Sectores como el automotriz, autopartes, alimentos y textiles colocan al estado dentro de cadenas de valor globales que operan bajo estándares cada vez más exigentes. La presencia de activos industriales de clase mundial, como la planta de Audi en San José Chiapa, confirma que Puebla no compite únicamente con otros estados, sino con regiones internacionales que ya integran automatización avanzada, analítica en tiempo real y altos niveles de ciberseguridad.

La implicación es directa y estratégica. Si Puebla quiere romper su propio estancamiento y capturar mayor valor, necesita institucionalizar la innovación dentro de sus empresas. No como retórica, sino como proceso a través de la gestión de cambio, equipos multidisciplinarios, objetivos medibles, uso intensivo de tecnología, inteligencia artificial aplicada, infraestructura digital robusta y seguridad como base.

Crear procesos creativos apoyados en tecnología no es una aspiración teórica, es una condición para sostener la competitividad, atraer talento y proteger márgenes en un entorno global cada vez más hostil e incierto. El llamado a la acción es urgente, Puebla puede convertirse en un nodo de innovación industrial o resignarse a operar con modelos que el mundo ya está dejando atrás. En la economía actual, la innovación no es el camino más arriesgado, es, paradójicamente, el único camino razonable para avanzar.


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