Kolaval Jaime: cuando la poesía se niega a morir en un solo idioma

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Hay algo profundamente revelador en que el nombre de Jaime Sabines necesite, cien años después de su nacimiento, un homenaje para ser recordado. No porque su obra haya perdido vigencia —esa tesis resulta imposible— sino precisamente porque la vigencia de un poeta no se mide en bibliotecas donde se llenan de polvos sus libros, sino en la cantidad de gargantas dispuestas a pronunciar sus versos, incluso en la actualidad. Y en Chiapas, esta semana, esas gargantas pronunciaron a Sabines en lenguas originarias.

El Centro Cultural Jaime Sabines organizó el Kolaval Jaime, un homenaje intercultural que tiene la virtud de incomodar levemente cierta idea canónica de la poesía, esa que la imagina como un objeto de cristal, frágil, reservado para los iniciados que saben sostenerlo sin romperlo. La ironía es mayúscula. Sabines, que escribió sobre el dolor cotidiano con una brutalidad casi indecorosa para los estándares de la lírica de culto en su tiempo, termina siendo exactamente el poeta al que más le sienta que lo lean en lengua originaria, en sistema braille y con marimba de fondo; al fin y al cabo, como el bien recordado “poeta del pueblo”. Nadie menos elitista que él para recibir ese trato.

Pero no nos engañemos con el romanticismo fácil del multiculturalismo de vitrina. La pregunta incómoda es por qué tardamos décadas —siglos, en realidad— en reconocer que la literatura producida en este país ha operado históricamente con una lógica de exclusión tan sofisticada que casi parece natural. Hunab Mandujano, director del Centro Cultural Jaime Sabines, lo señaló con una claridad que merece subrayarse: la literatura ha enfrentado condiciones de acceso limitadas para vastos sectores de la población. Es una afirmación que suena modesta pero que carga, en realidad, con el peso de una denuncia estructural. No es un accidente que los libros lleguen tarde —o nunca— a comunidades tseltales, choles, tzotziles, o a cualquiera de las 68 lenguas originarias vivas de nuestro país. Es el resultado de políticas culturales que durante mucho tiempo confundieron universalismo con monolingüismo. Sin embargo, el gobierno que precede el Gobernador Eduardo Ramírez, sumado a los esfuerzos del Secretario de Educación, Roger Adrián Mandujano Ayala, ha trabajado, desde el inicio de sus gestiones, en doblegar esas profundas diatribas.

En ese contexto, que estudiantes de la Universidad Pedagógica Nacional hayan elaborado ejemplares de la poesía de Sabines en braille y en tzeltal, no es un gesto decorativo, es, si se le mira con seriedad, un acto disruptivo. O, mejor dicho, es la prueba de que los actos culturales son siempre revolucionarios.

La Secretaría de Cultura de Chiapas y la gestión de Hunab Mandujano al frente del Centro Cultural, merecen reconocimiento precisamente porque apuestan por un modelo que no se contenta con poner el nombre del poeta en la fachada del edificio. Nombrar a un recinto cultural en honor a Sabines y luego programar únicamente recitales para públicos uniformes sería una ironía demasiado cruel incluso para este país, acostumbrado a ese tipo de paradojas. La apuesta por la inclusión de lenguas originarias, por el coro universitario, por la marimba infantil, construye algo más difícil que un evento; construye un argumento sobre qué significa preservar una herencia cultural.

Jaime Sabines murió en 1999 convencido —con razón— de que sus poemas pertenecían a cualquiera que los necesitara. “Los amorosos”, “Algo sobre la muerte del mayor Sabines”, esos poemas que leemos cuando el dolor supera la capacidad del lenguaje ordinario, nunca fueron poemas de academia, fueron de todos, especialmente, de la gente. El Kolaval—término tseltal que podría traducirse como “gratitud”, como “reconocimiento”— es, en ese sentido, la respuesta más coherente que podría dársele a su obra un siglo después.

La memoria colectiva es siempre una negociación entre lo que se decide recordar y lo que se deja morir en silencio. Que Chiapas elija recordar a Sabines en sus lenguas originarias, subraya el tipo de memoria que está construyendo aquel estado. Y eso, en tiempos donde la cultura suele reducirse a trending topics y algoritmos, merece más que una nota de prensa.

Merece, al menos, una columna.

 


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