El último episodio de nuestra adolescencia

¿Recuerdas llegar de la escuela y prender la televisión para ver tus series y películas favoritas? ¿Esperar el momento en que casi descubrían quién era realmente Hannah Montana? ¿Discutir con tus amigas si Bella debía quedarse con Edward o Jacob? ¿O cantar “Breaking Free” imaginando que algún día estudiarías en East High?
Hoy esas historias tienen más de una década de haber terminado. Pero quizá lo que más extrañamos no son las series, las películas o las canciones, sino el mundo que existía alrededor de ellas. Porque la adolescencia, tal como la recordamos, fue una construcción social que durante más de un siglo creó un espacio propio entre la infancia y la adultez, una etapa con tiempos, códigos y referentes propios, donde crecer significaba esperar, compartir y descubrir poco a poco quién eras.
En 1904, los jóvenes eran vistos simplemente como “adultos pequeños”. No existía una etapa intermedia clara hasta que el psicólogo G. Stanley Hall definió la adolescencia como una fase distinta, marcada por la “tormenta e ímpetu”: un periodo necesario de cambio, contradicción y construcción de identidad. Décadas después, tras la Segunda Guerra Mundial, surgió la cultura juvenil; la palabra “teenager” comenzó a tomar fuerza y, por primera vez, los jóvenes tuvieron tiempo libre, dinero propio y un espacio diseñado para ellos.
Durante los años 2000 y principios de los 2010, ese ecosistema alcanzó uno de sus momentos más fuertes. Series, música, revistas y programas hablaban de amistades, identidad, primeros amores y de ese momento extraño en el que comienzas a preguntarte quién eres. No era contenido infantil, pero tampoco adulto. Era un puente.
Y ese puente estaba en todas partes.
Estaba en las tardes frente a Disney Channel o Nickelodeon. En los pósters pegados en las paredes. En las revistas que circulaban por todo el salón. En las conversaciones del recreo sobre el capítulo del día anterior. Como explica la investigadora de medios Janet Wasko, compañías como Disney construyeron un ecosistema donde todo estaba conectado: la serie, la música, los conciertos, la ropa y los productos. No consumíamos únicamente una historia: vivíamos dentro de ella.
Ese contenido tenía además una función que hoy parece olvidada: permitirnos ensayar la adultez sin tener que vivirla todavía. Los problemas existían, pero estaban filtrados. El amor, la popularidad, la identidad o el futuro aparecían en versiones que podíamos comprender. Era una forma segura de crecer.
Las revistas como Seventeen, Tiger Beat o Tú funcionaban como pequeñas guías de navegación. Enseñaban cómo entender los cambios del cuerpo, cómo relacionarte con los demás o cómo sobrevivir a la secundaria. Al ser mensuales, además, generaban algo que hoy casi ha desaparecido: una experiencia compartida. Todos hablaban de lo mismo al mismo tiempo.
Nickelodeon entendió esa lógica de otra manera. Bajo la visión de Geraldine Laybourne, sus series partían de una idea sencilla pero poderosa: los niños no eran adultos en construcción, sino personas con un mundo propio. Por eso, personajes como Clarissa no buscaban parecer mayores; buscaban entender el mundo desde su propia edad.
Era un puente, pero también era un refugio, y ese refugio tenía tiempo.
Esperábamos el siguiente episodio. Esperábamos la siguiente película. Esperábamos el nuevo número de la revista. Como explica el sociólogo Hartmut Rosa, la espera generaba sincronía: todos estábamos viendo, leyendo y escuchando lo mismo. Crecer también era compartir.
Pero algo cambió.
Con la llegada del streaming, las redes sociales y los algoritmos de recomendación, ese espacio comenzó a desaparecer. El contenido “tween” prácticamente se extinguió y, cuando ese puente desaparece, los niños no se quedan esperando: simplemente cruzan al otro lado.
Hoy el consumo cultural es inmediato, continuo y acelerado. Si algo no atrapa en segundos, se desliza, se olvida y es reemplazado por el siguiente estímulo.
Neil Postman ya advertía algo parecido hace más de cuarenta años: la infancia existe mientras haya una barrera entre el mundo infantil y el adulto. Hoy esa barrera casi ha desaparecido. Un niño puede ver lo mismo que un adulto, consumir los mismos referentes y aspirar a las mismas cosas.
El problema es que el mercado sigue existiendo, pero el espacio diseñado para esa edad ya no. Y eso empieza a notarse.
Niñas de nueve o diez años hablan de retinol, preocupadas por el envejecimiento o siguiendo rutinas de skincare diseñadas para personas mucho mayores. Pero más allá de lo dermatológico, lo que aparece es otra cosa: la sensación de que hay que crecer rápido.
¿En qué momento dejamos de permitir que la adolescencia fuera una etapa de prueba y error?
Durante décadas, crecer implicaba equivocarse, cambiar de estilo, tener peinados terribles, escuchar música que después te daría vergüenza. Probar identidades hasta encontrar una propia. Era un laboratorio.
Hoy todo parece exigir una versión terminada de nosotros mismos.
Durante décadas, crecer implicaba equivocarse, cambiar, experimentar; era un laboratorio personal. Hoy, en cambio, todo parece exigir definición inmediata, estética, coherencia; lo “aesthetic” deja poco espacio para el caos, y el caos siempre fue parte del proceso.
La psiquiatra Anna Lembke explica que vivimos en un sistema de recompensas inmediatas donde la espera se vuelve incómoda, el cerebro pierde tolerancia al tiempo, y a eso se suma el “Filterworld”, donde los algoritmos sustituyen a los curadores y no distinguen edades, solo retención. Todo se aplana, todo se mezcla, y con ello la adolescencia deja de ser un proceso y se convierte en un trámite.
Quizá por eso hoy vemos adolescentes intentando parecer adultos antes de tiempo, no buscando quiénes quieren ser, sino cómo verse bien siendo alguien.
Al desaparecer ese puente, también desapareció algo más: la nostalgia compartida que hoy sentimos los veinteañeros cuando vemos un reencuentro, un regreso o una historia que todavía sentimos nuestra. Porque lo que extrañamos no son únicamente las series, sino el mundo que existía alrededor de ellas: sus códigos, sus tiempos, sus lugares y esa forma de crecer acompañados.
No es solo que ya no existan esas series; es que ya no existe el mundo que las hacía posibles.
Y cuando desaparece ese puente entre la infancia y la adultez, no solo perdemos cierto tipo de contenido. Perdemos algo mucho más importante: el tiempo necesario para crecer.







Angela Flores





