La batalla que nadie está viendo

Pepe Hanan

(La forma es financiera. El fondo siempre fue político.)

Amigo lector…

Permítame hacerle una pregunta.

¿Y si todos estamos discutiendo el conflicto equivocado?

Porque mientras el mundo del fútbol debate si Gianni Infantino ganó o perdió…

quizá la verdadera batalla se está librando en otro tablero.

Y tengo la impresión de que muy pocos la están viendo.

Hay momentos en que una noticia deja de ser una noticia.

Se convierte en un parteaguas.

Y creo que eso está ocurriendo justamente ahora con el enfrentamiento entre la FIFA y la UEFA.

El problema es que seguimos observando la superficie.

Nos entretenemos con los protagonistas.

Con los nombres.

Con los discursos.

Con las declaraciones.

Mientras tanto…

la verdadera historia se está escribiendo en otro lado.

Y quizá por eso tengo la sensación de que casi todos estamos viendo el tablero…

pero muy pocos alcanzan a entender la partida.

Durante los últimos días he escuchado a analistas, comentaristas y especialistas explicar por qué Gianni Infantino se equivocó.

Que si perdió.

Que si la UEFA lo dobló.

Que si Europa amenazó con boicotear los torneos.

Que si los fondos de inversión ya no llegarán.

Y mientras escucho todas esas conclusiones…

no puedo dejar de hacerme una pregunta.

¿Y si el verdadero resultado fue exactamente el contrario?

No hablo de una victoria mediática.

Mucho menos de una victoria política inmediata.

Hablo de algo mucho más profundo.

Porque tengo la impresión de que este conflicto nunca trató realmente sobre un fondo de inversión.

Nunca trató sobre Joshua Kushner.

Ni siquiera trató sobre Gianni Infantino.

Todos ellos son apenas las piezas visibles.

La verdadera disputa es otra.

¿Quién controlará la economía del fútbol durante los próximos treinta años?

Ésa es la pregunta.

Y curiosamente…

casi nadie la está haciendo.

Déjeme le explico.

Durante más de un siglo la FIFA fue un gran regulador.

Organizaba competencias.

Arbitraba conflictos.

Coordinaba federaciones.

Era, esencialmente, una autoridad deportiva.

Pero el mundo cambió.

Y con él cambió también el fútbol.

Porque el dinero ya no se genera únicamente cada cuatro años con un Mundial.

Hoy el verdadero valor está en los ingresos permanentes.

En los datos.

En las plataformas digitales.

En los contenidos.

En los derechos audiovisuales.

En la inteligencia comercial.

En la información.

Mire usted…

No es lo mismo obtener ingresos extraordinarios cada cuatro años…

que construir ingresos recurrentes todos los años.

Parece una diferencia pequeña.

En realidad cambia completamente el modelo de negocio.

Uno depende de un solo evento.

El otro depende de un ecosistema completo.

Y las grandes capitales siempre terminan apostando por los ecosistemas.

Porque ahí vive la verdadera economía de escala.

Imagine por un momento un Mundial que produce miles de millones de dólares cada cuatro años.

Ahora imagine participaciones minoritarias en varias ligas profesionales del planeta.

Quizá cada una genere menos dinero que un Mundial.

Pero todas producen ingresos…

cada temporada.

Cada año.

Todos los años.

Multiplique eso por decenas de ligas.

Por millones de aficionados.

Por cientos de patrocinadores.

Por plataformas digitales.

Por datos.

Por contenidos.

Eso, amigo lector, deja de ser un torneo.

Se convierte en un ecosistema económico global.

Y los ecosistemas siempre valen más que los eventos.

Quizá por eso la propuesta de la FIFA provocó semejante terremoto.

No porque apareciera un fondo de inversión.

Los fondos llevan años dentro del fútbol europeo.

Participan en clubes.

En empresas propietarias de derechos comerciales.

En grupos propietarios.

En ligas.

En televisoras.

En patrocinadores.

El dinero hace mucho tiempo que llegó.

La diferencia es otra.

Antes los fondos tocaban la puerta.

Hoy la FIFA pretendía abrirles la puerta principal.

Y eso cambia completamente la correlación de fuerzas.

Porque quien invita…

también establece las reglas.

Y quien establece las reglas…

termina administrando el poder.

Muchos sostienen que Infantino perdió.

No estoy tan convencido.

Quizá perdió una votación.

Pero sembró una idea.

Y las ideas, cuando logran instalarse…

rara vez desaparecen.

Hace apenas unas semanas parecía impensable imaginar capital privado participando en una empresa comercial ligada directamente a la FIFA.

Hoy ya forma parte de la conversación mundial.

Y cuando una idea entra al debate…

difícilmente volverá a salir.

Y aquí viene una verdadera locura…

Durante décadas nos enseñaron que un fondo de inversión servía únicamente para una cosa.

Poner dinero.

Esperar un rendimiento.

Y salir.

Hoy eso ya no alcanza para explicar la realidad.

Los grandes fondos ya no invierten solamente para ganar intereses.

Invierten para ganar acceso.

Acceso a información.

Acceso a relaciones.

Acceso a tendencias.

Acceso a quienes toman decisiones.

Porque el activo más valioso del siglo XXI ya no siempre es el dinero.

Es saber antes que los demás hacia dónde se mueve el mundo.

Por eso los encontramos en tecnología.

En energía.

En infraestructura.

En salud.

En inteligencia artificial.

En medios.

Y, naturalmente, también quieren estar en el deporte.

No porque les apasione el fútbol.

Sino porque el fútbol es uno de los pocos lugares del planeta donde convergen gobiernos, empresas, marcas globales, plataformas tecnológicas, consumidores y poder político.

Es un extraordinario observatorio del mundo.

Una especie de moderno Oráculo de Delfos.

No para adivinar el futuro.

Sino para reconocerlo antes que los demás.

Y aquí aparece otra reflexión que, en mi opinión, explica muchas cosas.

Los grandes fondos ya no compran únicamente acciones.

Compran una silla.

Una silla en la mesa donde se discute el futuro.

Porque desde esa silla se escucha primero.

Se entiende primero.

Y muchas veces…

se influye primero.

Por eso sigo creyendo que el gran error consiste en pensar que esta historia enfrentó a la FIFA contra la UEFA.

No.

Lo que estamos viendo es la negociación de un nuevo equilibrio de poder.

Y esas negociaciones nunca terminan con vencedores absolutos.

Terminan con nuevos acuerdos.

Con nuevas reglas.

Con nuevos equilibrios.

Por eso tampoco me sorprendería que, dentro de algunos años, los fondos de inversión terminen participando en estructuras comerciales del fútbol…

pero bajo condiciones completamente distintas a las que conocimos esta semana.

Porque las ideas importantes rara vez mueren.

Simplemente evolucionan.

Quizá por eso el verdadero negocio del siglo XXI ya no consiste únicamente en vender partidos.

El verdadero negocio consiste en sentarse en la mesa donde se decide el futuro del fútbol.

Y sospecho que ésa…

es la batalla que realmente se está jugando.

Y déjeme decirle una última reflexión.

Porque quizá, dentro de algunos años, descubramos que mientras todos discutíamos el balón…

alguien ya estaba comprando el estadio.

APUNTE SOBRE EL PUEBLA

Primero se construye una idea… después llegan los resultados

Amigo lector…

Apenas van tres jornadas.

Una victoria.

Una derrota.

Un empate.

Cuatro puntos.

Y sería muy fácil caer en la tentación de evaluar el proyecto de Gerardo Espinoza únicamente a partir de esos números.

Yo todavía no lo haría.

Déjeme le explico.

Los entrenadores no construyen equipos el día que ganan.

Los construyen el día que consiguen que sus jugadores sepan exactamente a qué quieren jugar.

Y me parece que ésa empieza a ser la buena noticia para el Puebla.

Más allá de los resultados, el equipo comienza a mostrar pequeños rasgos de identidad.

Se le observa más ordenado.

Más corto entre líneas.

Más intenso para recuperar el balón.

Más comprometido colectivamente.

Y, sobre todo, menos resignado.

Puede ganar.

Puede perder.

Puede empatar.

Eso forma parte del fútbol.

Lo verdaderamente importante es que el Puebla empieza a parecerse a su entrenador.

Y eso no siempre ocurre tan rápido.

Mire usted…

Durante muchos años vimos equipos que cambiaban completamente dependiendo del rival que tenían enfrente.

Hoy la sensación es distinta.

Gerardo Espinoza intenta que sea el Puebla quien proponga una manera de competir, independientemente del adversario.

Eso requiere tiempo.

Trabajo.

Paciencia.

Y convencimiento.

Porque una identidad no aparece de la noche a la mañana.

Se construye entrenamiento tras entrenamiento.

Partido tras partido.

Y aquí viene lo verdaderamente interesante.

Los aficionados normalmente calificamos a un entrenador por los puntos.

Los directivos inteligentes primero califican el proceso.

Porque los puntos muchas veces llegan después.

Cuando un equipo empieza a entender a qué juega…

los resultados suelen terminar apareciendo como consecuencia.

No al revés.

Por eso, más que mirar únicamente la tabla general, quizá valga la pena observar algo mucho más importante.

Si dentro de algunas jornadas seguimos reconociendo un mismo estilo, una misma idea y una misma personalidad futbolística…

entonces el proyecto habrá comenzado a echar raíces.

Y cuando un proyecto consigue eso…

normalmente ya dio el paso más difícil.

Mientras tanto, nosotros…

VEREMOS Y DIREMOS.

Hasta la próxima.

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