El fútbol NO le pertenece a Europa

Pepe Hanan

El pastel

Imagine usted un enorme pastel. Durante décadas Europa se quedó con las rebanadas más grandes. Tenía las mejores ligas, los clubes más poderosos, los mayores contratos televisivos, la Champions League, los patrocinadores y una posición privilegiada dentro del ecosistema mundial.

FIFA organizaba principalmente su Copa del Mundo cada cuatro años. La UEFA explotó el fútbol durante prácticamente todo el resto del calendario. El negocio funcionaba.

Hasta que FIFA decidió que también quería crecer. Más selecciones, más partidos, más torneos, un Mundial de Clubes más grande, más mercados, más televisión y más dinero.

Y entonces apareció el verdadero problema.

Quizá el conflicto no sea que FIFA quiere hacer crecer el pastel. El problema es quién se quedará con las nuevas rebanadas.

48

El Mundial de 2026 nos acaba de dejar una extraordinaria demostración. Por primera vez participaron 48 selecciones.

Durante años escuchamos las críticas. Que se perdería calidad, que habría selecciones sin nivel, que existirían goleadas, que el Mundial se convertiría en un torneo demasiado grande, que 32 eran suficientes.

Permítame hacerle una pregunta. ¿Suficientes para quién?

Porque desde Europa es muy sencillo defender un Mundial exclusivo. La mayoría de sus grandes selecciones tiene permanentemente una posibilidad real de clasificación.

Pero vaya usted a África, a Asia, a Centroamérica, al Caribe, a Oceanía. Pregúntele a millones de aficionados para quienes participar en un Mundial parecía una posibilidad reservada para otros.

Entonces la discusión cambia.

Lo que para algunos significa perder exclusividad, para otros significa finalmente tener una oportunidad.

Y ahí aparece una palabra que incomoda muchísimo cuando se habla de dinero y poder: inclusión.

El club privado

Durante décadas el fútbol internacional funcionó, en buena medida, como un club privado. Pocos entraban. Los mismos competían. Los mismos cobraban. Los mismos decidían. Los demás observaban desde afuera.

Eso podría entenderse hace cincuenta años. Resulta mucho más difícil defenderlo hoy.

Porque oponerse sistemáticamente a una ampliación simplemente porque incorpora países que antes no participaban puede terminar convirtiendo al fútbol en un espectáculo exclusivo y clasista. Y ése sería un gigantesco error.

El fútbol probablemente sea el fenómeno verdaderamente universal más importante que existe. No pregunta cuánto dinero tiene usted, dónde nació o qué idioma habla.

Una pelota puede rodar exactamente igual en París que en Dakar, Buenos Aires, Tokio, Auckland o cualquier barrio de Puebla.

Entonces… ¿por qué el Mundial debería pertenecer solamente a quienes históricamente tuvieron acceso a él?

Infantino lo entendió

Aquí aparece Gianni Infantino. Y repito: no lo hagamos santo.

Infantino entendió algo antes que muchos de sus adversarios. El voto de Francia vale exactamente lo mismo que el voto de una pequeña federación africana. Uno.

FIFA tiene 211 asociaciones. Cada una posee un voto.

Ahí se encuentra probablemente la verdadera arquitectura política que Infantino construyó durante estos años.

Mientras Europa observaba el fútbol desde la cima de la pirámide, FIFA comenzó a mirar hacia África, Asia, Concacaf, Oceanía y las federaciones pequeñas.

Y existe una diferencia fundamental.

Para una potencia europea, el dinero de FIFA puede representar una pequeña parte de una gigantesca industria. Para una federación emergente puede significar instalaciones, canchas, preparación, selecciones juveniles, fútbol femenil y capacitación. En algunos casos, buena parte de su posibilidad de existir competitivamente.

Por eso Europa puede cometer un enorme error si supone que cuestionar a Infantino significa que automáticamente el resto del planeta piensa igual.

No necesariamente.

El efecto péndulo

La historia tiene una costumbre bastante curiosa. Cuando alguien concentra demasiado poder durante demasiado tiempo, tarde o temprano aparece una fuerza en sentido contrario.

El péndulo se mueve.

Ahora FIFA intenta construir un contrapeso apoyándose precisamente en quienes durante años permanecieron en la periferia.

Pero cuidado. El péndulo también puede ir demasiado lejos.

Que Europa haya concentrado demasiado poder no significa que debamos entregárselo completamente a FIFA. Mucho menos a Gianni Infantino.

Pasar de un fútbol controlado desde Europa a uno controlado desde una oficina en Zúrich tampoco sería democratización.

Sería simplemente cambiar de dueño.

Y apareció Wall Street

Aquí la historia se pone todavía más interesante.

Porque FIFA ya no solamente quiere organizar torneos. Quiere construir una estructura financiera mucho más poderosa.

Y alrededor de ese proyecto aparecieron fondos de inversión y capitales privados interesados en participar del enorme negocio que puede generar el fútbol mundial.

Ahí debemos encender las luces.

Una cosa es democratizar el acceso al fútbol. Otra muy diferente es entregar parte de su futuro a capitales cuyo objetivo natural es obtener rentabilidad.

Los fondos no son instituciones de beneficencia. Invierten para ganar. Y tienen todo el derecho de hacerlo.

Pero nosotros también tenemos derecho a preguntar: ¿qué recibirán a cambio?

Porque cuando el capital entra en un negocio de miles de millones de dólares, rara vez se conforma con mirar desde la tribuna. Quiere participar. Quiere influir. Quiere decidir.

Y entonces la discusión puede dejar de ser solamente FIFA contra UEFA.

Puede convertirse en algo mucho más grande: quién terminará controlando la extraordinaria capacidad del fútbol para producir dinero.

No hay buenos

No compre usted el cuento de los buenos contra los malos.

La UEFA tiene razones legítimas para cuestionar decisiones de FIFA. El calendario está saturado. Los jugadores tienen límites físicos. Los clubes realizan enormes inversiones. Las competiciones necesitan conservar calidad.

Y la posibilidad de abrir activos y competiciones de FIFA al capital privado plantea preguntas perfectamente legítimas sobre hasta dónde puede mercantilizar el fútbol.

Todo eso es cierto.

Pero también es cierto que UEFA protege un negocio extraordinario. Su negocio.

De la misma manera que FIFA intentó ampliar el suyo.

Por eso resumiría esta batalla de una manera muy sencilla: UEFA no está defendiendo solamente al fútbol. Está defendiendo su fútbol.

Y FIFA tampoco está defendiendo solamente la inclusión. Está construyendo su propio poder.

Ésta no es una guerra entre buenos y malos.

Es una guerra entre intereses.

Rabat

Hace apenas unos días parecía que Gianni Infantino estaba contra las cuerdas. El proyecto que había provocado la crisis se vino abajo. UEFA endureció su posición. Crecieron los cuestionamientos.

Y la discusión dejó de concentrarse exclusivamente en aquella operación para comenzar a girar alrededor de la continuidad del propio presidente.

Entonces ocurrió algo muy interesante.

Infantino hizo lo que hacen los políticos profesionales cuando descubren que están perdiendo una guerra. Dejó de explicar y comenzó a contar votos.

En Rabat, Marruecos, la dirigencia de FIFA cerró filas alrededor de su presidente y reconoció errores alrededor de la propuesta que había desatado la crisis.

Y después comenzaron a llegar los respaldos.

África se convirtió en la demostración más importante. La CAF, con sus 54 asociaciones, expresó su apoyo al liderazgo de Infantino.

Después aparecieron México y Argentina.

Y distintas señales comenzaron a demostrar que las confederaciones que algunos imaginaban alineadas automáticamente detrás de la posición europea no necesariamente lo estaban.

De pronto, el hombre que parecía políticamente desahuciado comenzó a demostrar que todavía tenía algo fundamental: votos.

Veneno que no te mata, te fortalece

Y aquí puede aparecer una de las grandes paradojas de toda esta historia.

La UEFA consiguió golpear a Infantino. Lo obligó a retroceder. Lo colocó a la defensiva. Y abrió una discusión que parecía impensable algunas semanas atrás: si Gianni Infantino debe continuar al frente de FIFA.

Pero existe un problema cuando usted intenta destruir políticamente a un adversario.

Tiene que terminar el trabajo.

Porque si lo hiere, lo exhibe, lo debilita y finalmente no consigue derribarlo, puede terminar produciendo exactamente el efecto contrario.

Veneno que no te mata, te fortalece.

No porque los errores de Infantino hayan desaparecido. No porque haya ganado esta guerra. Mucho menos porque los cuestionamientos contra su gestión hayan dejado de tener validez.

Sino porque cada federación que sale públicamente a respaldarlo transforma una crisis que parecía terminal en una demostración de que su estructura política mundial continúa viva.

Y cuidado con algo más.

Si sus adversarios llevan esta batalla hasta sus últimas consecuencias sin tener asegurados los votos necesarios para derrotarlo, una derrota de la oposición podría convertirse en la mejor campaña electoral de Infantino.

Imagínelo.

Intentaron sacarlo. No pudieron. Y fueron las propias federaciones quienes terminaron sosteniéndolo.

Entonces el derrotado ya no sería Infantino.

Serían quienes intentaron derrotarlo.

El verdadero problema de Europa

Y entonces llegamos a 2027. La presidencia de FIFA. Ahí se resolverá buena parte de esta historia.

Europa puede estar molesta con Infantino. Puede enfrentarlo, cuestionarlo e intentar construir una candidatura para derrotarlo.

Pero existe una pequeña dificultad.

Europa tiene 55 votos. FIFA tiene 211 asociaciones.

Una cosa es controlar la oposición. Y otra muy distinta controlar la mayoría.

El respaldo africano acaba de recordarlo.

Si buena parte de Asia considera que con Infantino recibió mayores oportunidades, si Oceanía se siente finalmente tomada en cuenta, si numerosas federaciones de Concacaf encuentran beneficios en la expansión, entonces Europa puede descubrir algo que durante décadas no necesitó aprender:

también tiene que convencer a los demás.

Ya no basta con mandar.

Ahora necesita votos.

Y es precisamente aquí donde esta guerra mundial aterriza en México.

¿Y Mikel qué está jugando?

La Federación Mexicana de Futbol decidió respaldar públicamente la institucionalidad de FIFA y la legitimidad de su presidente.

Y lo hizo precisamente cuando Victor Montagliani, presidente de la Confederación a la que México pertenece, se encuentra enfrentado políticamente con Infantino.

Mikel Arriola tomó posición.

Y le han pegado con todo.

Analistas, periodistas y aficionados han cuestionado severamente la postura mexicana. Algunos incluso de manera grosera.

Visto desde el presente, la pregunta parece lógica: ¿qué necesidad tenía México de meterse en este pleito?

Pero quizá estamos juzgando una partida de ajedrez después de observar solamente el primer movimiento.

Porque ésa es precisamente la diferencia entre el analista y el estadista.

Los medios tenemos la obligación de observar lo que sucede hoy, analizarlo y después condenarlo o aplaudirlo.

El estadista tiene otra responsabilidad: pensar en mañana.

Tomar decisiones buscando el bienestar de largo plazo, incluso cuando en el presente resulten incomprensibles o impopulares.

¿Es eso lo que está haciendo Mikel Arriola?

No lo sabemos. Y sería irresponsable afirmarlo.

Pero también sería demasiado sencillo descartarlo.

Mire usted.

Victor Montagliani preside Concacaf desde 2016. Es vicepresidente de FIFA. Conoce perfectamente las estructuras del poder mundial. Y su nombre aparece entre quienes podrían convertirse en alternativa a Infantino rumbo a 2027.

Todavía no es candidato. Tampoco podemos afirmar que UEFA terminará eligiéndolo como su hombre.

Pero supongamos por un momento que sucede.

Montagliani va por FIFA.

Entonces Concacaf tendría que comenzar a pensar en su propia sucesión.

Y atención con esto.

En el entorno del fútbol internacional ya comienza a circular una posibilidad que hasta hace poco habría parecido impensable: Mikel Arriola como futuro presidente de Concacaf.

Eso no significa que vaya a suceder. Ni siquiera que exista hoy una candidatura.

Pero la hipótesis ya está sobre la mesa.

Y entonces vale la pena preguntar: ¿quién heredaría el poder que dejaría Montagliani?

Canadá lo tiene hoy.

¿Estados Unidos?

¿México?

Los estatutos establecen mecanismos para una eventual transición y no necesariamente existiría una elección inmediata.

Pero una cosa es ocupar temporalmente una silla. Y otra muy diferente construir el poder político para quedarse posteriormente con ella.

Después del Mundial de 2026, las tres grandes potencias norteamericanas quedaron colocadas en una posición extraordinaria dentro del fútbol mundial.

Estados Unidos posee el mercado más poderoso de la región.

México posee tradición futbolística, audiencia, influencia comercial y peso político.

Canadá ha ocupado durante una década la presidencia mediante Montagliani.

Entonces permítame regresar a Mikel.

¿Por qué México decidió no acompañar políticamente al presidente de su propia Confederación en su enfrentamiento con FIFA?

¿Por qué prefirió defender la institucionalidad de la presidencia de Infantino?

¿Está defendiendo un principio?

¿Está defendiendo a Infantino?

¿O está comenzando a posicionar a México para el reacomodo que podría venir después?

Ahí cambia completamente la lectura.

Porque si Montagliani termina encabezando la oposición e Infantino sobrevive, México podría convertirse en uno de los aliados estratégicos del presidente de FIFA dentro de una Concacaf obligada a reconstruir sus equilibrios.

Y aquello que hoy muchos consideran una torpeza podría terminar siendo una extraordinaria inversión política.

Pero existe el otro lado del tablero.

Si Montagliani enfrenta a Infantino y gana…

México habrá apostado por el caballo equivocado.

Ése es el riesgo.

Por eso no estoy defendiendo a Mikel Arriola. Tampoco condenándolo.

Estoy intentando entender qué está jugando.

Porque quizá no exista solamente una presidencia en disputa.

Puede existir otra silla en el tablero.

La presidencia de Concacaf.

Y México podría estar intentando colocar desde ahora sus piezas alrededor de ella.

Quizá Mikel se equivocó. Quizá quienes hoy lo critican terminarán teniendo toda la razón.

Pero los hombres que pretenden comportarse como estadistas tienen una responsabilidad mucho más complicada que ser populares: tomar hoy decisiones pensando en el bienestar de las generaciones que vienen y en el lugar que su país ocupará mañana.

¿Mikel está haciendo eso?

El tiempo nos lo dirá.

Pero antes de reducir toda esta discusión a un comunicado desafortunado o a una supuesta sumisión mexicana frente a Infantino, convendría mirar el tablero completo.

Estamos hablando de FIFA, de UEFA, de la Concacaf, de 211 federaciones, de mercados, de miles de millones de dólares y, sobre todo, de poder.

Esto es ajedrez geopolítico.

No análisis de cantina.

Porque en el ajedrez, como en la política, muchas veces el movimiento que parece incomprensible no se entiende mirando la pieza que acaba de moverse.

Se entiende mirando…

la casilla que alguien pretende ocupar después.

El mundo cambió

Y todo esto forma parte de una transformación todavía mayor.

Durante muchos años Europa exportó al mundo su idea del fútbol. Ahora el resto del planeta también quiere participar en su construcción.

Los nuevos tiempos exigen inclusión, oportunidades, representación y algo todavía más importante: cero discriminación.

No podemos defender un fútbol universal solamente cuando necesitamos vender camisetas, derechos de televisión o conseguir aficionados.

La universalidad también tiene que existir cuando llega el momento de repartir oportunidades.

Eso no convierte a Infantino en el bueno. Ni convierte a Europa en el malo.

Significa simplemente que el fútbol cambió.

Y que quienes durante décadas estuvieron afuera ahora también quieren sentarse a la mesa.

¿Y qué ofrece Europa?

Aquí llegamos, para mí, a la pregunta más importante de toda esta guerra.

Europa nos ha explicado con bastante claridad aquello que rechaza.

Rechaza el mercantilismo que atribuye a Gianni Infantino. Cuestiona la entrada del capital privado. Advierte sobre la multiplicación de torneos. Defiende el calendario, a sus clubes, a sus futbolistas y una determinada manera de entender este deporte.

Incluso alrededor de su ofensiva comienza a construirse una narrativa bastante atractiva: hay que salvar al fútbol. Devolverlo a sus orígenes. Recuperar aquel fútbol romántico frente a un modelo que pretende convertir cada espacio disponible en un nuevo negocio.

Suena maravilloso.

Y quizá buena parte de esa crítica tenga razón.

Pero permítame hacer una pregunta.

¿Qué ofrece UEFA a cambio?

No a Inglaterra. No a Alemania. No a España. No a Francia. No a Italia.

Al resto del mundo.

¿Qué proyecto tiene Europa para las federaciones africanas que todavía necesitan infraestructura?

¿Qué propone para los países asiáticos que intentan desarrollar sus ligas?

¿Qué ofrece a Centroamérica y el Caribe? ¿A Oceanía? ¿A todas aquellas federaciones para las que una mayor participación en los torneos de FIFA no representa únicamente dinero, sino la posibilidad de acelerar su desarrollo deportivo?

Porque no basta con decir: Infantino debe irse.

Hay que explicar qué viene después.

Y hasta este momento falta sobre la mesa una propuesta suficientemente clara, seria y específica que explique qué fútbol mundial pretende construir la oposición europea si consigue derrotar políticamente a Infantino.

Ahí está el verdadero debate.

Si Europa pretende corregir los excesos de Infantino para construir una FIFA más equilibrada, transparente y verdaderamente universal, tendrá argumentos muy poderosos para convencer al mundo.

Pero si “volver a los orígenes” significa regresar a una estructura donde las prioridades económicas y deportivas de Europa vuelvan a colocarse por encima de las necesidades del resto…

Entonces cuidado.

Porque quizá no estaríamos salvando al fútbol del futuro.

Estaríamos restaurando el fútbol del pasado.

Durante décadas muchas federaciones pertenecientes a países con menor desarrollo futbolístico dependieron de decisiones tomadas muy lejos de ellas.

Hoy comienzan a tener más recursos, más representación, más oportunidades, más competiciones y, sobre todo, una voz.

Podemos discutir si Infantino construyó ese modelo por convicción, por negocio o porque descubrió que esas federaciones también representan votos.

Probablemente exista un poco de todo.

Pero la consecuencia está ahí.

Esas federaciones comenzaron un proceso de emancipación dentro del poder mundial del fútbol.

Y sería profundamente contradictorio que, en nombre de rescatar al fútbol de los intereses económicos, termináramos devolviéndolo a una estructura donde nuevamente prevalecieran los intereses económicos de una sola región.

El mercantilismo puede ser peligroso.

La concentración del poder también.

Y sustituir la expansión global de FIFA por una restauración de la hegemonía europea podría representar algo todavía más delicado: un regreso al imperialismo europeo dentro del fútbol mundial.

No afirmo que ésa sea la intención de UEFA.

Pregunto si ésa podría ser la consecuencia.

No nos confundamos.

Europa tiene todo el derecho de intentar terminar con la era Infantino. Tiene derecho a cuestionarlo, a construir una oposición, a encontrar un candidato y a intentar ganar la elección.

Pero si quiere gobernar el fútbol mundial tendrá que hacer algo más que convencer a Europa.

Tendrá que convencer al mundo.

Porque FIFA tiene 211 asociaciones.

Europa tiene 55.

Y el presidente que pretenda gobernar a las 211 no puede representar solamente los intereses de las 55 pertenecientes a UEFA.

Por eso Europa tiene ahora una obligación mucho más grande que encontrar al hombre capaz de derrotar a Infantino.

Tiene que presentar un proyecto.

Para África.

Para Asia.

Para Concacaf.

Para Oceanía.

Para Sudamérica.

Y también, naturalmente, para Europa.

Amigo lector:

Ésa quizá sea la verdadera pregunta rumbo a 2027.

Europa ya nos explicó contra quién está luchando. Ya nos dijo qué pretende detener.

Ahora falta lo verdaderamente importante:

¿qué pretende construir?

Porque una cosa es encabezar una rebelión.

Y otra muy distinta ofrecerle un futuro a quienes necesita para ganarla.

Europa tiene 55 votos.

El resto del mundo tiene 156.

Y esos 156 merecen una respuesta.

¿Qué les está ofreciendo UEFA para convencerlos de abandonar el camino que comenzaron a recorrer y colocarse de su lado?

Porque si la única propuesta consiste en quitarle el poder a Infantino para devolverlo a Europa, entonces no estaremos hablando de una revolución.

Estaremos hablando de una restauración.

Y el fútbol mundial tendrá que tomar una decisión mucho más profunda que elegir entre Infantino y su adversario.

Tendrá que decidir qué quiere ser.

Un deporte verdaderamente universal, donde todos tengan voz y oportunidades…

O regresar a una estructura donde unos cuantos vuelvan a decidir por los demás.

Porque después de darle tantas vueltas al asunto, quizá todo pueda resumirse de una manera bastante sencilla.

El fútbol no le pertenece a Infantino.

No le pertenece a FIFA.

No le pertenece a Wall Street.

Pero tampoco…

le pertenece a Europa.

Le pertenece al mundo.

Y será precisamente el mundo quien tenga la última palabra.

Mientras tanto, nosotros veremos y diremos.

Hasta la próxima.

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