Las encuestas miden popularidad pero no el poder

El Consejo Nacional de Morena celebrado el pasado 7 de marzo no hizo más que confirmar lo que ya se sabía en los pasillos del poder; la maquinaria electoral del partido guinda ya está en marcha rumbo a las próximas definiciones internas.
Bajo la figura de los llamados “coordinadores seccionales de los comités de defensa de la 4T”, Morena vuelve a recurrir a la fórmula que se ha convertido en su sello político para procesos internos envueltos en el discurso de la participación, pero con decisiones que inevitablemente se cocinan desde “arriba”.
El calendario aprobado no es un simple trámite organizativo. Es en realidad, el banderazo de salida para las disputas locales que definirán quién controla las estructuras territoriales del partido y, en consecuencia, quién tendrá ventaja en las candidaturas futuras.
En Puebla, el foco está puesto en la capital. Morena ha fijado el 21 de septiembre como la fecha en la que se elegirá al coordinador que, en lenguaje cristiano, quien gane esa encuesta tendrá prácticamente la llave de la candidatura.
Los nombres que ya orbitan alrededor de la contienda muestran con claridad las distintas corrientes que conviven dentro del partido. Por un lado aparece José Luis García Parra, actual coordinador de gabinete, un perfil ligado a la operación política interna y a las estructuras del movimiento.
En el otro extremo se encuentra el ya alcalde Pepe Chedraui, con un perfil más cercano al empresariado y con una carta fuerte por la visibilidad pública que ya tiene.
Y finalmente está Laura Artemisa García Chávez, secretaria del Bienestar que representa un perfil con presencia política creciente y con vínculos claros con el grupo gobernante en el estado.
Sin embargo, más allá de los nombres, lo verdaderamente interesante es la contradicción que atraviesa el proceso.
Durante el consejo nacional se presentó un decálogo de prohibiciones que, en teoría, busca evitar prácticas anticipadas de campaña, nada de espectaculares, nada de promoción personalizada excesiva, nada de uso indebido de recursos o estructuras gubernamentales.
Sobre el papel, Morena quiere mostrar disciplina interna y evitar los excesos que históricamente criticó de otros partidos. Pero en la práctica, la realidad suele ser más compleja. Porque mientras el discurso habla de austeridad política y reglas estrictas, en los hechos la competencia interna ya se mueve en el terreno de las percepciones, las alianzas y la operación territorial.
Así que la pregunta de fondo no es quién ganará la encuesta. La verdadera incógnita es qué tanto reflejará la voluntad real de la militancia y qué tanto responderá al delicado equilibrio de fuerzas dentro del partido.
En Puebla capital la disputa está librando una batalla política mucho más profunda por el control del territorio, por la candidatura municipal y, sobre todo, por el futuro del poder local de Morena.
Porque en política, como suele ocurrir, las encuestas pueden medir popularidad, pero el poder siempre se define en otra arena.




Martha Berra



