Ni tres meses de vacaciones, ni tres minutos de seriedad

En México ya no se gobierna con estrategia ni con visión: se gobierna con ocurrencias. Y el problema no es únicamente que improvisen, sino que, además, pareciera que disfrutan exhibiendo el nivel de descoordinación con el que toman decisiones públicas que afectan a millones de personas. La más reciente “joya” vino desde la Secretaría de Educación Pública.
Primero, el secretario Mario Delgado dejó entrever que el ciclo escolar terminaría anticipadamente el próximo 5 de junio. ¿La razón? La intensa onda de calor que afecta a algunas entidades del país. Al día siguiente, desde la presidencia, Claudia Sheinbaum aseguró que la petición provenía de los maestros, quienes habrían solicitado más tiempo libre ante el Mundial de Futbol que se avecina. ¡Increíble!
Y como remate del absurdo, este lunes, otra vez Mario Delgado salió a decir que “siempre no”; que el calendario escolar se queda tal cual estaba. Así, sin más.
Como si millones de padres de familia no organizaran horarios, trabajos, gastos y logística alrededor del calendario escolar. Como si los estudiantes mexicanos pudieran darse el lujo de seguir perdiendo clases en un país donde el rezago educativo ya es una emergencia nacional.
Porque mientras el gobierno juega al “teléfono descompuesto”, los datos son devastadores. México arrastra una crisis educativa profunda: millones de estudiantes presentan dificultades graves en comprensión lectora y matemáticas. La pandemia dejó secuelas enormes que nunca fueron verdaderamente atendidas y organismos internacionales han advertido que el país enfrenta uno de los retrocesos educativos más severos de las últimas décadas.
Pero en lugar de hablar de cómo recuperar el aprendizaje, fortalecer escuelas o elevar el nivel académico, la conversación nacional terminó atrapada entre el calor, el Mundial y unas vacaciones adelantadas que nadie sabía si eran reales o no.
Eso es lo verdaderamente insultante. Porque mientras se monta este espectáculo de contradicciones oficiales, el país enfrenta problemas muchísimo más delicados.
Ahí está el caso de Rubén Rocha Moya y las versiones sobre presiones desde Estados Unidos para investigaciones y posibles procesos relacionados con la violencia en Sinaloa.
Pero pareciera que, desde el poder, creen que la ciudadanía vive distraída permanentemente entre conferencias, memes y declaraciones improvisadas.
Y quizá ese sea el verdadero problema del México actual: nos gobiernan políticos que comunican como influencers, rectifican como aficionados y administran el país como si estuvieran reaccionando en tiempo real a tendencias de redes sociales.
- El “Diablo” y la calle VIP
Y si de frivolidad política hablamos, pocos casos retratan mejor el abuso del poder municipal que lo ocurrido en Chignahuapan con el alcalde Juan Rivera Trejo, conocido popularmente como “El Diablo”.
Porque una cosa es celebrar los XV años de una hija —algo completamente válido— y otra muy distinta es que, casualmente, días antes de la fiesta se anuncie con bombo y platillo la pavimentación de la calle que conecta con la hacienda donde se realizaría el evento; y claro, todo con recursos públicos.
En un municipio donde muchísimas calles siguen olvidadas, a pesar de tener la denominación de “Pueblo Mágico”, la coincidencia resultó demasiado grotesca para pasar desapercibida. La indignación ciudadana no nació de la fiesta; nació de la percepción de que el poder se usa como herramienta de privilegio personal.
Porque no es la primera vez que el alcalde queda atrapado en la polémica por sus excesos. Apenas en febrero, el propio Rivera Trejo presumía en redes el cumpleaños de su esposa mientras aparecía portando un presunto fajo de billetes, en una escena que para muchos fue una exhibición innecesaria de ostentación, siendo que su partido político (MORENA) pregona la austeridad.
Ese es el drama de muchos gobiernos municipales en México: dejaron de entender que el cargo público exige formas, prudencia y sensibilidad social.
Confunden gobernar con exhibirse. Y cuando el poder se convierte en espectáculo, los ciudadanos terminan pagando el boleto… y hasta la calle que conecta a la hacienda para sus reventones.






Martha Berra





