Rocky: el silencio de quienes nos aman

Si Rocky hubiera podido escribirnos antes de morir, quizá habría dicho:
Yo no puedo hablar, pero con mis ojos te digo que te amo.
Cuando me amarraste a la camioneta moví la cola. Pensé que iríamos a pasear. Confié en ti porque los perros confiamos incluso cuando ustedes ya no lo merecen.
Arrancaste. Mi cuerpo viejo, de 14 años, ya no pudo seguirte. La cadena me obligó a avanzar. Me dolieron los huesos y la piel. Tuve mucho miedo. Después todo se hizo negro.
Cuando abrí los ojos, todo era blanco. Ahí estaban miles de perros como yo: los abandonados, los golpeados, los que murieron esperando agua, comida o una caricia. Todos nos fuimos amando a quienes debieron cuidarnos”.
Rocky.
Esta carta no la escribió él. La escribimos quienes vimos sus ojos y entendimos, una vez más, que el silencio de los animales no significa que no sufran.
Rocky era un perro de raza gran pirineo de 14 años. El 18 de julio fue arrastrado con una cadena atada a una camioneta en Saltillo, Coahuila. Vecinos grabaron la agresión e intervinieron para auxiliarlo. Murió cuatro días después debido a un trauma medular agudo.
Liliana “N”, señalada como presunta responsable, fue vinculada a proceso y permanece en prisión preventiva. Si es declarada culpable, la pena podría alcanzar ocho años. La investigación continúa y todavía no existe una sentencia definitiva.
En redes sociales circuló la versión de que la agresión habría ocurrido como venganza contra el esposo o la hijastra de la imputada. Ese móvil no ha sido confirmado oficialmente, pero el caso exige una precisión incómoda: la persona acusada es una mujer.
La violencia no tiene sexo, pero sí patrones de género
La perspectiva de género no consiste en afirmar que todas las mujeres son buenas ni que todos los hombres son violentos. Ser mujer no vacuna contra la crueldad. La violencia no tiene sexo, pero sí presenta patrones de género que debemos reconocer y prevenir. Señalar una excepción no invalida la estructura, como reconocer la estructura tampoco elimina la responsabilidad individual.
Aunque todavía no sabemos si la agresión contra Rocky buscaba dañar emocionalmente a otra persona, su muerte nos obliga a hablar de una violencia poco visible: el uso de los animales de compañía como instrumentos de intimidación, castigo y control contra las mujeres.
Una de las mujeres que más quiero consiguió salir de una relación violenta. Cuando se separó, su expareja se quedó con el perro que le había regalado. Argumentó que ella no tendría espacio ni dinero para mantenerlo porque era un animal grande. Después le permitía verlo únicamente cuando él quería y bajo sus condiciones.
El perro se convirtió en la última correa con la que aquel hombre intentaba mantenerla atada.
Ella no solo había perdido a su pareja y su proyecto de vida: también fue separada de un ser que amaba y que no podía comprender por qué ya no regresaba. Finalmente tuvo que salir del país para romper ese vínculo de control y comenzar de nuevo.
Eso también es violencia.
Violencia vicaria y maltrato animal
Las legislaciones suelen asociar la violencia vicaria con el daño ejercido mediante hijas e hijos, pero su lógica puede atravesar especies: se agrede al ser amado para herir o someter a una mujer. El Código Penal de Coahuila ya incluye expresamente a las mascotas entre las víctimas directas que pueden utilizarse para provocar una afectación física o psicoemocional. No es una interpretación sentimental, sino una realidad reconocida por la ley.
Muchas sobrevivientes de violencia de género reconocieron haber retrasado su salida o regresado con el agresor por miedo a lo que pudiera hacerles a sus animales. El maltrato animal también funciona como una herramienta de control coercitivo.
En México, la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado estimó que 66.4 por ciento de las viviendas tiene al menos un animal de compañía: 41.2 millones de perros, 19.2 millones de gatos y 16.9 millones de otras especies. En Puebla, la cifra alcanza 72.5 por ciento de las viviendas.
No estamos hablando de objetos, sino de vínculos afectivos presentes en millones de hogares.
Tenencia responsable y protección animal
Actualmente tengo el privilegio de trabajar en la Secretaría de Medio Ambiente del municipio de Puebla, que cuenta con una Dirección de Protección Animal. Durante un año recorrí la ciudad con el secretario José Iván Herrera Villagómez, llevando jornadas de esterilización a algunas de las colonias más alejadas.
Es una labor titánica porque esterilizar no consiste solamente en realizar una cirugía. También implica explicar qué significa la tenencia responsable.
Hemos recibido perros tan delgados que prácticamente se les cuentan los huesos. Hay que explicar que sus estómagos no son botes de basura; que necesitan alimentación adecuada, agua limpia, resguardo y atención veterinaria. Que la esterilización evita camadas sin hogar y ayuda a reducir la población de animales en las calles. Que un perro no es un regalo de temporada ni un juguete que se desecha cuando crece: es una responsabilidad que puede durar quince años o más.
Algunas llamadas sobre perros supuestamente abandonados esconden otra realidad: son animales que sus propias familias ya no quieren cuidar y buscan entregar, trasladando toda la responsabilidad a la autoridad.
En la estancia canina hay perros rescatados de contextos de violencia; animales utilizados para intimidar o participar en asaltos; hembras explotadas en criaderos clandestinos para reproducirse, y seres que huyen cuando alguien intenta tocarlos porque aprendieron que la figura humana representa peligro. En sus ojos todavía permanece el dolor.
La ley contra el maltrato animal
La ley puede castigar, pero necesitamos evitar que el daño ocurra. En Coahuila, los delitos de crueldad contra seres sintientes se sancionan con dos a cuatro años de prisión y la pena se duplica cuando el animal muere. En Puebla, provocar la muerte de un animal mediante maltrato o crueldad se castiga con cinco a ocho años de prisión y multas de 200 a 500 Unidades de Medida y Actualización.
De diciembre de 2024, el artículo cuarto constitucional prohíbe el maltrato animal y obliga al Estado mexicano a garantizar protección, trato adecuado, conservación y cuidado. Pero ninguna reforma servirá si la denuncia se pierde, la autoridad minimiza las señales o la sociedad considera normal tener a un perro encadenado, sin agua, bajo el sol o viviendo entre sus desechos.
La prevención también salva vidas
Necesitamos reconocer el maltrato animal como una alerta de posible violencia familiar; incluir a los animales en las evaluaciones de riesgo y los planes de salida para mujeres víctimas de violencia; crear redes de resguardo temporal y fortalecer las esterilizaciones, la adopción responsable, la inspección y la sanción efectiva.
También debemos dejar de compartir videos crueles únicamente para alimentar el morbo. Hay que documentar, denunciar y acompañar los casos hasta que exista una resolución. La indignación que dura lo mismo que una tendencia en redes no salva ninguna vida.
Rocky no necesita que compartamos su muerte durante una semana y después lo olvidemos. Necesita que cambiemos nuestra relación con quienes dependen por completo de nuestro cuidado.
La justicia que merece no termina con una sentencia. Comienza cuando ningún animal pueda ser utilizado como arma y ninguna mujer tenga que escoger entre ponerse a salvo o dejar atrás a un ser amado.
Que el cuidado sea ley y conciencia. Que la crueldad nunca vuelva a tener una mano humana sosteniendo la correa.




Mónica Franco




