La juventud volvió a ocupar las plazas y los adultos respondimos con burlas e insultos

“Farmear aura” es la tendencia que reúne a jóvenes para retarse con miradas, poses y movimientos exagerados. Gana quien proyecta mayor seguridad y logra mantener la seriedad. Eso bastó para que líderes de opinión, influencers y padres de familia los llamaran “retrasados”, “ninis” y “generación perdida”. Algunos incluso preguntaron si a sus madres “les faltó ácido fólico”.
Utilizar una discapacidad como insulto no demuestra inteligencia, sino una profunda pobreza humana. Y descalificar a toda una generación por una tarde de juego revela algo más inquietante: nos molesta ver a las juventudes cuando no se comportan como nosotros creemos que deberían hacerlo.
¿Es raro farmear aura? Sí. ¿Puede parecer ridículo? También. Pero cada generación tuvo derecho a hacer el ridículo con su propio ritmo, peinado y vestuario. Nosotros imitamos a Vanilla Ice, sobrevivimos a las coreografías de Claridad, La Macarena y El Venado.
La diferencia es que entonces no había miles de teléfonos grabando cada paso en falso ni una legión de adultos calificando nuestra adolescencia desde la superioridad moral de las redes sociales.
Durante años nos quejamos de que los jóvenes vivían encerrados, pegados al teléfono e incapaces de relacionarse cara a cara. Ahora que salen, se reúnen y recuperan el espacio público, también nos molesta la manera en que lo hacen.
Nada nos embona.
Farmear aura requiere algo que a muchos adultos también nos hace falta: valor para exponerse, aceptar la mirada ajena y arriesgarse a hacer el ridículo. Estos jóvenes ponen el cuerpo, la identidad y la creatividad frente a decenas de desconocidos. No se golpean, no se insultan ni necesitan demostrar su masculinidad mediante la violencia. Compiten con carisma y reciben el reconocimiento de sus pares.
Eso también es una forma de expresión y de comunidad.
Pero buena parte del rechazo no surge únicamente de la incomprensión generacional. Basta mirar los videos y leer los comentarios para descubrir lo que verdaderamente incomoda: muchos de quienes ocupan el centro del círculo son jóvenes racializados, pobres, LGBT+, con cuerpos diversos, sin ropa de marca y alejados de los modelos de belleza impuestos por la publicidad.
Cuando deportistas, celebridades o jóvenes privilegiados imitan la tendencia, reciben aplausos y millones de reproducciones. Cuando lo hacen muchachos de barrios populares, aparecen las palabras “nacos”, “vagos”, “corrientes” y “ninis”.
No están juzgando el juego: están castigando el origen social, el cuerpo y la identidad de quienes juegan.
En México, donde las juventudes enfrentan precariedad laboral, discriminación, violencia y reclutamiento criminal, debería alegrarnos que encuentren una manera pacífica de reunirse.
No todo encuentro juvenil tiene que transformarse en un curso de emprendimiento, una feria del empleo o una actividad “productiva” para merecer respeto. El ocio, el juego y la apropiación del espacio público también son derechos.
Las autoridades, por supuesto, tienen responsabilidades. Cuando cientos de menores se concentran en una plaza deben garantizar seguridad, atención de emergencias y condiciones que impidan la venta de sustancias ilícitas o cualquier forma de violencia. Pero cuidar no significa criminalizar, desalojar ni tratar anticipadamente a los jóvenes como delincuentes.
Lo ocurrido en la Plaza Mitre de Mar del Plata, Argentina, demuestra hasta dónde puede llegar la intolerancia. Una batalla de aura terminó cuando varias personas arrojaron piedras y botellas contra los participantes. La pregunta es inevitable: ¿quiénes eran los verdaderamente violentos, los jóvenes que hacían poses o los adultos que decidieron atacarlos?
Ser no normativo puede ser profundamente revolucionario. Lo sabe el feminismo, perseguido y ridiculizado por cuestionar el lugar asignado a las mujeres. Lo saben las personas LGBT+, los pueblos originarios y todas las identidades que se han atrevido a existir fuera del molde.
El problema no es que estos jóvenes estén perdiendo el tiempo. El problema es que están ocupando la plaza sin pedir permiso por no ser blancos, delgados, ricos, heterosexuales o estéticamente agradables ante los ojos de los adultos.
No tienen que parecernos bellos, ni comprensibles para merecer seguridad y respeto.
Las juventudes salieron de las pantallas y regresaron a las plazas. Nuestra obligación no es arrojarles piedras, ni físicas ni digitales, sino garantizar que puedan reunirse, expresarse y construir su identidad sin miedo.
Quizá ellos están farmeando y ganando aura.
Los adultos, en cambio, estamos perdiendo puntos de humanidad.







Mónica Franco




