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Opinión

La educación que que heredamos y la que necesitamos construir

Fernando Padilla Farfán
26 octubre, 2026 13:57
Por
Fernando Padilla Farfán
Fernando Padilla Farfán
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Del modelo industrial a la formación del ser humano del futuro

La educación es una de las fuerzas que determinan el destino de las naciones. En ella se construyen las bases del desarrollo económico, la convivencia social, el pensamiento científico y la capacidad de una sociedad para enfrentar sus desafíos. Sin embargo, existe una pregunta que pocas veces nos hacemos con la profundidad necesaria: ¿el modelo educativo que hoy utilizamos fue diseñado para el mundo en el que vivimos o para una realidad que dejó de existir hace décadas?

Para responder, debemos volver la mirada hacia los orígenes de la educación moderna en el continente americano, comprender cuáles fueron sus propósitos y reconocer por qué las transformaciones tecnológicas, económicas y sociales nos obligan a reconsiderar sus fundamentos.

La educación en América no nació con un modelo único ni en una fecha determinada. Antes de la llegada de los europeos, los pueblos originarios poseían sistemas propios de transmisión del conocimiento, relacionados con la agricultura, la astronomía, la medicina tradicional, la organización comunitaria, la religión y la formación de sus gobernantes. El conocimiento se transmitía mediante la práctica, la observación, la experiencia y la participación en la vida colectiva.

Con la colonización europea, la enseñanza formal quedó vinculada, en buena medida, a las instituciones religiosas y a los intereses de las autoridades coloniales. La alfabetización, la formación del clero y la preparación de determinados grupos para las funciones administrativas fueron algunos de sus principales objetivos. El acceso a la educación era profundamente desigual.

Después de los movimientos de independencia, las nuevas repúblicas americanas comenzaron a considerar la instrucción pública como un instrumento para construir ciudadanía, fortalecer la identidad nacional y formar a las generaciones que participarían en la vida de los nuevos Estados.

Durante el siglo XIX, particularmente en Estados Unidos, el movimiento de las escuelas públicas comunes, impulsado por educadores como Horace Mann, defendió la expansión de una educación accesible para la población infantil. La escuela debía contribuir a la formación de ciudadanos y ofrecer oportunidades más allá de las diferencias económicas y sociales.

Al mismo tiempo, la industrialización transformaba el mundo. Las fábricas, las oficinas, los ferrocarriles y las nuevas estructuras administrativas demandaban personas capaces de leer, escribir, calcular, seguir procedimientos y desempeñar funciones dentro de organizaciones cada vez más complejas.

La escuela moderna se expandió en ese contexto. Se organizaron grupos por edades, horarios, grados, programas de estudio y evaluaciones estandarizadas. La enseñanza adquirió una estructura que permitía atender a grandes cantidades de estudiantes y certificar sus conocimientos.

No sería correcto afirmar que un solo grupo de personas diseñó toda la educación americana, ni que todas las escuelas surgieron exclusivamente para abastecer de trabajadores a las fábricas. Las tradiciones educativas fueron diversas y respondieron a objetivos religiosos, políticos, culturales, económicos y sociales. Sin embargo, la industrialización contribuyó a consolidar una forma de organización escolar que todavía reconocemos: un maestro frente a un grupo, un programa común, horarios definidos y evaluaciones que miden resultados individuales.

Ese modelo permitió ampliar considerablemente el acceso a la enseñanza. Su importancia histórica es innegable. La pregunta es si sus principios organizativos siguen siendo suficientes para las necesidades de nuestro tiempo.

En nuestro país, la educación pública adquirió un significado especial después de la Revolución mexicana. La desigualdad, el analfabetismo y la dispersión de las comunidades rurales representaban obstáculos para el desarrollo nacional.

La creación de la Secretaría de Educación Pública, en 1921, bajo el gobierno de Álvaro Obregón, y la labor de su primer secretario, José Vasconcelos, marcaron un momento decisivo. El proyecto buscaba extender la alfabetización, llevar escuelas a las comunidades rurales, crear bibliotecas, distribuir libros y acercar las expresiones culturales a sectores de la población que históricamente habían permanecido marginados.

La educación debía contribuir a integrar al país, fortalecer la identidad nacional y abrir oportunidades de desarrollo. No se trataba únicamente de enseñar a leer y escribir, sino de construir una nación con mayores posibilidades de progreso.

Posteriormente, la expansión de la educación secundaria, la enseñanza técnica y las instituciones universitarias respondió también a las necesidades de una sociedad en transformación.

Aquellas generaciones enfrentaron un reto fundamental: llevar la escuela a quienes no la tenían. El desafío actual es diferente, aunque no menos importante. Debemos garantizar que los estudiantes no solo permanezcan en las aulas, sino que aprendan, comprendan, desarrollen habilidades y puedan utilizar sus conocimientos para resolver problemas reales.

La cobertura educativa fue una conquista histórica. Ahora necesitamos convertir esa conquista en mejores oportunidades de aprendizaje y desarrollo humano.

El mundo para el que se expandió la escuela moderna era considerablemente distinto del actual. Durante buena parte de los siglos XIX y XX, la información era escasa, su circulación resultaba lenta y el acceso al conocimiento dependía en gran medida de los libros, los maestros y las instituciones educativas.

Hoy tenemos acceso a cantidades extraordinarias de información. La inteligencia artificial, la automatización, la robótica, la biotecnología y las nuevas formas de comunicación están modificando las profesiones, los negocios y la vida cotidiana.

Un estudiante puede acceder en segundos a información que antes requería horas de búsqueda en una biblioteca. Puede utilizar herramientas digitales para analizar datos, aprender idiomas, diseñar prototipos o desarrollar soluciones. Sin embargo, tener información disponible no significa comprenderla, y disponer de tecnología no garantiza saber utilizarla responsablemente.

Aquí se encuentra uno de los grandes desafíos de la educación contemporánea: ya no basta con transmitir conocimientos; debemos enseñar a comprenderlos, cuestionarlos, relacionarlos y convertirlos en soluciones.

Cuando la enseñanza se limita a memorizar contenidos y repetir respuestas, corre el riesgo de preparar a los jóvenes para responder preguntas conocidas, en lugar de capacitarlos para enfrentar situaciones que todavía no existen.

Esto no significa abandonar la disciplina, la lectura, las matemáticas, la historia o las ciencias. Por el contrario, necesitamos fortalecer sus fundamentos y enseñar a los estudiantes a utilizarlos de manera integrada.

Una buena formación matemática debe permitir razonar y resolver problemas. La historia debe ayudarnos a comprender el presente y reconocer las consecuencias de las decisiones humanas. Las ciencias deben despertar curiosidad, rigor y capacidad de experimentación. La literatura y las artes deben ampliar nuestra sensibilidad y comprensión del mundo.

ETIQUETAS:aprendizajedesarrollo humanoeducación del futuroeducación en Méxicoinnovación educativainteligencia artificialmodelo educativomodelo industrial
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Fernando Padilla Farfán
26 octubre, 2026 13:57
Por
Fernando Padilla Farfán
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