Sin capacidad de asombro

Columnas 20

Tehuitzingo hoy es sinónimo de nota nacional, de imágenes dolorosas, un comunicado institucional y luego la espera.

Diez personas asesinadas. Entre ellas, Carolina, una bebé de apenas un mes y veinte días de nacida. Y quizá lo más devastador no sea únicamente la brutalidad del crimen, sino la velocidad con la que como sociedad comenzamos a normalizarlo.

Hoy se sabe que la bebé no murió por un disparo. Murió asfixiada mientras su madre intentaba protegerla de las balas. Esa escena debería ser suficiente para paralizar moralmente a cualquier país. Una madre usando su cuerpo como escudo humano en medio del terror absoluto. Una recién nacida muriendo entre los brazos desesperados de quien intentó salvarla.

Hay algo peor que la violencia misma: la indiferencia. Nos estamos acostumbrando a contar muertos como estadísticas. A asumir que si hubo una masacre “algo debían”. A esperar automáticamente que detrás esté un grupo delincuencial, como si eso explicara o justificara el horror. Y mientras no haya detenidos, mientras la autoridad no esclarezca el caso, el vacío se llena con especulaciones, rumores y resignación.

Eso es quizá lo más grave: la resignación colectiva.
Tehuitzingo no es una gran ciudad blindada por cámaras, presupuesto o atención mediática permanente. Es un municipio de poco más de 13 mil habitantes, en la Mixteca poblana, donde la agricultura sigue siendo la principal fuente de ingresos.

Ahí la vida ocurre con el ritmo del sector primario, es decir, el campo, y las remesas de la migración donde las familias sobreviven con lo justo.

En comunidades así, cada muerte desgarra el tejido social entero. Todos se conocen. Todos saben quién era la familia. Todos entienden el vacío que queda. No son cifras, son vecinos. Son historias truncadas en pueblos donde reconstruirse toma generaciones.

Pero incluso frente a eso, pareciera que el país aprendió a seguir adelante demasiado rápido. La violencia ya no sólo mata personas; también está asesinando nuestra capacidad de conmovernos.

Por supuesto que la obligación inmediata es de las autoridades para investigar, detener a los responsables y esclarecer qué ocurrió realmente en Tehuitzingo.

Pero también hay una responsabilidad social incómoda, la de dejar de mirar estas tragedias como algo lejano o inevitable. Porque cuando la barbarie deja de indignarnos, se empieza a normalizar.


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