El negocio de odiarnos: cuando la belleza mata

Columnista Monica Franco

Una niña de siete años escucha que debe adelgazar.
Una adolescente de 14 años muere por una cirugía estética.
Una mujer de 37 años pierde la vida en una clínica clandestina por una liposucción “económica”.

La obsesión por la belleza nos está matando.

En Puebla, la muerte de Blanca Adriana Vázquez durante un procedimiento realizado en una clínica sin permisos volvió a desnudar una verdad incómoda: existe toda una industria que vive de los complejos de las mujeres. Primero nos rompe la autoestima y después nos vende “la solución”.

Y este no es un problema aislado.

En Colombia, Yulixa Toloza, de 52 años, perdió la vida tras someterse a un procedimiento en un centro estético ilegal en Bogotá. En Durango, México, Paloma Nicole Arellano falleció a los 14 años después de una cirugía de implantes mamarios con permiso de su madre.

Catorce años. A esa edad una niña debería estar pensando en viajar, fiestas y hasta en su primer amor, no en modificar su cuerpo para sentirse suficiente.

Porque el problema empieza mucho antes del quirófano.

Desde niñas nos enseñan a inconformarnos con nosotras mismas: que si estamos “llenitas”, “muy morenas”, “chaparras”, “sin curvas” o “con demasiadas”. Hace unos días una amiga me contó que el padre de su hija le dijo: “Ponla a hacer algo porque se está poniendo gorda”. No habló de salud ni de bienestar. Habló del cuerpo de una niña como si fuera un defecto que corregir.

Así comienza el negocio.

Luego vienen las dietas milagro, las cremas rejuvenecedoras, las fajas imposibles y finalmente las cirugías. Todo sostenido además por un modelo de belleza profundamente racista y anglosajón que poco tiene que ver con el cuerpo mestizo de las mujeres latinoamericanas.

Nos venden piel blanca, narices pequeñas y cuerpos fabricados para TikTok, cuando la mayoría de nosotras somos hijas del maíz, del cabello rebelde, de las facciones indígenas y de las abuelas morenas que sobrevivieron a todo.

Una conocida cercana a los 60 años me confesó que se operó los senos casi diez veces desde los 18. Hace cinco años decidió retirarse los implantes y dice que nunca había sido tan feliz. Comprendió que modificó su cuerpo durante décadas para satisfacer expectativas ajenas, no las propias.

Otras dos amigas se hicieron liposucción y aumento de senos en clínicas de prestigio. Ahorraron durante años, pagaron miles de pesos, siguieron cuidados estrictos y lucieron como ellas querían verse. Dos años después, los malos hábitos y la genética reclamaron la naturaleza de sus cuerpos. Porque ningún procedimiento sustituye el cuidado cotidiano ni resuelve los vacíos emocionales.

Cuánta vida se nos va intentando gustarle al mundo.

Y no se trata de satanizar toda cirugía estética. Hay mujeres que encuentran bienestar en ciertos procedimientos y están en su derecho. El problema es cuando el mercado explota heridas emocionales, cuando la autoestima se vuelve mercancía y cuando el cuerpo femenino se convierte en territorio de presión social permanente.

Y sí, las autoridades deben clausurar clínicas patito y perseguir charlatanes. Pero también necesitamos hablar de por qué seguimos confiando en procedimientos baratos que suelen esconder riesgos enormes. Cuando alguien ofrece promociones exprés o “cuerpos perfectos” a precios ridículos, resulta absurdo pensar que no habrá consecuencias, sobre todo cuando sabemos que estos procedimientos, realizados de manera profesional y segura, son costosos.

La perfección corporal no existe. Es una meta imposible diseñada para mantenernos consumiendo eternamente y odiando cada centímetro de nosotras mismas.

Quizá el verdadero acto revolucionario hoy no sea parecer más jóvenes, más blancas o más delgadas.

Quizá sea aceptarnos.

Aceptar que el cuerpo cambia, envejece, se transforma y cuenta historias. Entender que el mejor cambio viene de la alimentación saludable, del ejercicio, del descanso, de la salud mental y del amor propio. Eso no es rápido ni vende millones en redes sociales, pero sí salva vidas.

Y ahora, cuando termines de leer este texto, mírate al espejo.

Encuentra a la mujer más guapa y más fuerte de este mundo.

Eres tú.


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