El último escalón

Pepe Hanan

(Cuando una filosofía descubre el lugar donde terminan sus certezas).

La leyenda que nunca llegó

Amigo lector…

Existen derrotas que se explican con un marcador.

Y existen otras que terminan explicando toda una generación.

La de esta tarde pertenece a las segundas.

Durante varias semanas recorrimos juntos el camino de Los Seleccionadores.

Primero apareció el sobreviviente.

Después el renacido.

Más tarde llegó la validación.

Parecía que el siguiente capítulo estaba escrito.

La leyenda.

Pero el fútbol tiene una costumbre tan vieja como el propio deporte.

Nunca entrega la gloria antes de hacer una última pregunta.

Y esa pregunta apareció esta tarde.

No se llamó Inglaterra.

Se llamó…

El último escalón.

Porque toda carrera extraordinaria llega inevitablemente a un punto donde el talento ya no basta.

Donde la experiencia ya no alcanza.

Donde el orden táctico deja de ser suficiente.

Ahí comienza otro fútbol.

El de las decisiones perfectas.

El de los detalles invisibles.

El de la fortaleza mental.

Y justamente ahí volvió a detenerse México.

Muchos dirán que Inglaterra fue superior.

No estoy completamente convencido.

Tampoco creo que Javier Aguirre haya perdido únicamente contra Thomas Tuchel.

Mucho menos pienso que esta derrota pueda resumirse en una alineación, un cambio o una sustitución.

Creo que ocurrió algo mucho más profundo.

México perdió contra el nivel de precisión que exige vencer a una potencia mundial.

Y quizá la primera derrota ocurrió antes del minuto uno.

No apareció en el marcador.

No apareció en una estadística.

Apareció en la manera de entender el partido.

Durante todo el Mundial vimos a un equipo valiente.

Un equipo que presionaba.

Que incomodaba.

Que creía.

Frente a Inglaterra vimos otra versión.

Un equipo correcto.

Ordenado.

Aplicado.

Pero mucho menos desafiante.

Como si el prestigio del rival hubiera ocupado, silenciosamente, un lugar dentro del vestidor.

Y eso cambia absolutamente todo.

Porque las grandes potencias no solamente juegan contra once futbolistas.

Juegan también contra el respeto que inspiran.

Y cuando ese respeto comienza a parecerse al miedo…

La batalla empieza cuesta arriba.

México tuvo el escenario.

Tuvo el Azteca.

Tuvo a su gente.

Tuvo la altura.

Tuvo a Inglaterra incómoda.

Tuvo incluso superioridad numérica durante un tramo importante del partido.

Tuvo, en pocas palabras, todo aquello que una Selección necesita para intentar cruzar una frontera histórica.

Pero no marcó primero.

Y en partidos así, el primer gol no solamente cambia el marcador.

Cambia el miedo.

Cambia el reloj.

Cambia el plan del rival.

Cambia el peso emocional del estadio.

Si México golpeaba primero, Inglaterra habría tenido que abandonar su comodidad.

Habría tenido que adelantar metros.

Habría tenido que correr riesgos.

Habría tenido que jugar contra el marcador, contra la altura, contra el público y contra su propia presión histórica.

Pero México no abrió la puerta.

Y cuando no abres la puerta en el momento exacto…

La potencia termina encontrando la suya.

Porque el verdadero partido no se perdió con el primer gol.

Se empezó a perder con el segundo.

Y entre uno y otro apenas transcurrieron tres minutos.

Treinta y cinco minutos de disciplina.

Treinta y cinco minutos sosteniendo el plan.

Treinta y cinco minutos ejecutando correctamente el Fútbol Tequila.

Todo quedó comprometido en apenas ciento ochenta segundos.

Ahí apareció la diferencia entre un buen equipo y una potencia mundial.

Las grandes selecciones reciben un golpe y se reorganizan.

Las que todavía buscan convertirse en élite reciben un golpe…

Y antes de recuperar el equilibrio reciben otro.

Eso fue exactamente lo que ocurrió.

Inglaterra no necesitó dominar durante todo el partido.

Le bastaron tres minutos de máxima precisión.

Y México necesitó esos mismos tres minutos para perder el control emocional del encuentro.

Porque cuando dos equipos llegan tan bien preparados…

La diferencia casi nunca aparece en la estrategia.

Aparece en la ejecución.

En ese pase que debía llegar medio metro más adelante.

En ese control que debía durar una fracción de segundo menos.

En esa cobertura que debía cerrarse un instante antes.

En esa decisión que debía tomarse sin dudar.

Las grandes potencias no siempre te derrotan porque hagan más.

Muchas veces te derrotan porque se equivocan menos.

Y esa diferencia parece mínima.

Hasta que aparece un Mundial.

P.D.

Me gusta imaginar que, cuando terminó el partido, Atenea esperaba en silencio.

Su carro dorado tenía un solo asiento disponible.

No estaba reservado para Javier Aguirre.

Estaba reservado para el hombre que fuera capaz de convertirse en leyenda.

El Vasco caminó hacia él.

Lo miró de frente.

Pero el último escalón volvió a separarlos.

Y Atenea…

Sin pronunciar una sola palabra…

Regresó sola al Olimpo.

Con un asiento vacío.

Porque la inmortalidad nunca se concede.

Siempre se conquista.

Y aquella tarde, en el Estadio Azteca, la historia decidió que Javier Aguirre seguiría siendo un gran entrenador…

Pero que la leyenda tendría que seguir esperando.

Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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Javier Aguirre durante la eliminación de México ante Inglaterra en el Mundial 2026


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