¿Y si graduarte no era la meta, sino la línea de salida?

Nadie te prepara para el último día de la universidad
¿Y si el problema nunca fue llegar a la meta, sino no saber qué hacer después?
Desde pequeños nos enseñaron que siempre había un siguiente paso: primero el kínder, después la primaria, la secundaria, la preparatoria, la universidad. Cada etapa tenía un objetivo definido, y cada objetivo nos acercaba al siguiente. Durante mucho tiempo, la universidad pareció ser la meta más importante de todas: el lugar donde por fin comenzaría nuestra vida adulta, el espacio donde construiríamos nuestro futuro.
Y con el tiempo llegamos a creer que llegar ahí era la respuesta.
Y no es una meta menor. En México, de cada 100 niños que entran a la primaria, apenas 37 logran inscribirse alguna vez en la universidad, y solo 27 consiguen terminarla. Es decir: perseguimos algo, año tras año, que la mayoría ni siquiera alcanza a completar. Y cuando por fin se logra, la pregunta que casi nadie se hizo antes es qué pasa cuando ese objetivo, tan disputado, se cumple.
Nos preguntan qué queremos estudiar, qué profesión vamos a ejercer, a qué universidad queremos entrar. Rara vez nos preguntan qué haremos cuando todo eso termine. Porque nadie nos habla de lo que pasa después.
Un día llega la graduación. Hay fotos, aplausos, títulos, felicitaciones. Durante unas horas sentimos que hemos alcanzado la meta que nos acompañó durante gran parte de nuestra vida.
Y al día siguiente, el mundo sigue girando. La pregunta cambia. Ya no es “¿qué vas a estudiar?”. Ahora es: “¿y ahora qué sigue?”.
Y quizá lo más difícil es descubrir que no existe una respuesta universal.
Porque nos prepararon para entrar a la universidad, pero no necesariamente para enfrentar la incertidumbre que viene después. Nos enseñaron cómo elegir una carrera, pero no cómo lidiar con la posibilidad de no ejercerla. Nos hablaron del éxito profesional, pero no de las dudas, los cambios de rumbo o la sensación de estar perdido.
Y los números respaldan esa sensación. Según la Organización Internacional del Trabajo, la tasa de desempleo juvenil en México duplica la del resto de la población, y cuatro de cada diez personas desempleadas en el país tienen entre 20 y 29 años. El título no desaparece la incertidumbre: solo la pospone.
Con el tiempo, uno descubre que la universidad nunca fue el final del camino, sino la última meta que todos compartíamos. Ahí está la verdadera contradicción: invertimos tanto tiempo preparándonos para llegar a ella, pero muy poco preparándonos para lo que viene después. Tal vez esa sea una de las primeras grandes lecciones de los veinte: la graduación no es el momento en que encontramos las respuestas, sino el momento en que empiezan las preguntas que de verdad importan.
Y quizá por eso el final de la universidad se siente tan extraño. No porque se cierre una etapa, sino porque desaparece el camino que todos seguían. Por primera vez, ya no hay un siguiente paso definido, ni una ruta marcada por alguien más.
Ahí está también la explicación de por qué la adultez, tal como la imaginábamos, se ha ido retrasando. En México, la edad promedio para dejar la casa de los padres es de 28 años y nueve meses, y casi la mitad de quienes tienen entre 20 y 30 años sigue viviendo con ellos. No es falta de ganas: un profesionista joven gana en promedio alrededor de 9,000 pesos al mes, una cifra que no siempre alcanza para sostener la independencia que se supone debía llegar con el título.
Conozco el caso de una amiga que se graduó con honores, el mejor promedio de su generación, la que todos señalaban como “la que le va a ir bien”. Tardó ocho meses en conseguir su primer trabajo, y cuando lo consiguió, era en un área que nada tenía que ver con lo que había estudiado. Nadie le había dicho que eso también era una posibilidad.
A mí me tocó distinto, encontré trabajo mientras todavía estaba estudiando, antes incluso de pensar en la palabra “egresado”. Pero eso no me libró de la incertidumbre: solo le cambió la forma. Ya no era ¿cuándo voy a conseguir empleo?, sino ¿es este el momento correcto?, ¿debí esperar a terminar la carrera?, ¿cómo se reparte el tiempo entre estudiar y trabajar sin fallarle a ninguno de los dos? Terminé asumiendo responsabilidades que no esperaba tener a esta edad, y aunque eso me dio cierta ventaja frente a otros, también aprendí que adelantarse al camino no significa tener menos dudas: solo significa tenerlas antes.
Y aunque eso puede dar miedo, también es una oportunidad.
Al final, tal vez el problema nunca fue individual. Distintos estudios sobre la Generación Z coinciden en algo revelador: cerca de cuatro de cada diez jóvenes dice sentirse frecuentemente inseguro respecto al futuro, y la misma proporción reporta ansiedad al tomar decisiones importantes, más del doble que en generaciones anteriores. No es que se nos haya olvidado cómo se hace esto. Es que nadie, antes que nosotros, había tenido que hacerlo en estas condiciones.
Porque la vida adulta no empieza el día que recibimos un título. Empieza el día que aprendemos a caminar sin mapa, y decidimos avanzar de todos modos.




Angela Flores




