DE TENOCHTITLÁN A LA REPÚBLICA: LA OBRA QUE PERMANECE

Columna 6

El ingeniero Fernando Padilla Farfán no viene hoy a dar una clase de historia. Viene a compartir una preocupación de ingeniero. Los ingenieros estamos acostumbrados a calcular cargas, a revisar cimientos y a preguntarnos qué va a permanecer en pie cuando todo lo demás se mueva. Y desde esa lógica, quiere invitarlos a mirar la historia de México no como una sucesión de fechas, sino como una obra de ingeniería social que ha resistido cinco demoliciones totales.

Su tesis es sencilla y la resume en cinco frases que ha venido madurando:

Tenochtitlán desapareció. La Nueva España desapareció. El Imperio desapareció. El Porfiriato desapareció. La Revolución terminó. Pero México permaneció.

Tenochtitlán desapareció.

El ingeniero Padilla Farfán nos recuerda que Tenochtitlán no fue conquistada, fue desmontada. Era la ciudad más audaz de su tiempo: una isla artificial que había resuelto con chinampas, calzadas y acueductos el problema del agua, de la alimentación y de la movilidad para más de 200 mil habitantes. Era una obra maestra de ingeniería hidráulica.

En 1521 esa obra desapareció. No solo cayeron sus templos; se cegaron sus canales, se secaron parte de sus lagos, se destruyó su sistema. El trazo urbano, la religión del sol, el poder del Tlatoani, todo fue borrado.

Pero México no desapareció con ella. Permaneció en el lodo del lago, en la lengua náhuatl que seguimos usando para nombrar nuestros cerros y nuestros alimentos, en la forma comunal de trabajar la tierra, en la resistencia de su gente. El suelo donde se hundía Tenochtitlán es el mismo suelo sobre el que seguimos construyendo, con los mismos problemas de hundimiento que los ingenieros de hoy seguimos atendiendo. El cimiento cultural no se pudo demoler.

La Nueva España desapareció.

Durante 300 años levantamos otra estructura. La Nueva España fue una maquinaria formidable: virreyes, reales de minas, caminos reales, haciendas, conventos y una universidad. Fue el edificio colonial más sólido de América. Generó riqueza para medio mundo y un orden que parecía eterno.

En 1821, ese edificio también desapareció. De la noche a la mañana, dejamos de ser súbditos del Rey de España para intentar ser ciudadanos. Se fueron los españoles peninsulares con sus capitales, se vino abajo el sistema comercial, se vaciaron las cajas de la Real Hacienda.

El país quedó en ruinas, endeudado, sin ejército, sin caminos seguros. Cualquiera hubiera pensado que la obra se venía abajo. Pero México permaneció. Permaneció en la gente que siguió sembrando, aunque no hubiera quien le comprara, en el cura de pueblo que siguió enseñando a leer, en la idea terca de que este territorio, del Bravo al Suchiate, era una sola cosa.

El Imperio desapareció.

El ingeniero Padilla Farfán hace aquí una pausa, porque esta es la parte que a los ingenieros nos duele más: cuando por querer copiar un plano extranjero, no respetamos el terreno.

México intentó dos veces ponerse una corona. Primero con Agustín de Iturbide y luego con Maximiliano. Eran proyectos brillantes en el papel, ordenados, europeos, imperiales. Querían darle a México la estabilidad de una monarquía.

Ambos desaparecieron. Y desaparecieron de forma violenta, porque eran estructuras que no tenían cimientos en nuestra realidad. No encajaban con un pueblo que ya había probado la idea de República, de igualdad ante la ley, de que nadie nace para mandar por derecho divino.

Pero México permaneció. Y de esos imperios fallidos nos quedó algo fundamental: la convicción de que no queremos un salvador extranjero ni un emperador nacional. Queremos una República. Esa idea sobrevivió a las dos coronas rotas.

El Porfiriato desapareció.

Luego vino el gran constructor. Don Porfirio Díaz, nos guste o no, fue el mayor ingeniero que tuvo el México del siglo XIX. Tendió más de 20 mil kilómetros de vías férreas, electrificó ciudades, trajo el telégrafo, saneó las finanzas, construyó palacios de cantera y puertos.

El Porfiriato fue acero, orden y progreso. Y por tres décadas pareció indestructible.

Y sin embargo, desapareció. Porque se le olvidó calcular la variable más importante de toda obra: el factor humano. Construyó ferrocarriles, pero no construyó escuelas suficientes. Construyó palacios, pero no construyó justicia. Construyó riqueza, pero la concentró en muy pocas manos. La estructura era imponente, pero estaba hueca por dentro. Y en 1910 se colapsó con un estruendo que se oyó en todo el mundo.

Pero México permaneció. Permaneció en el peón que pedía tierra, en el obrero que pedía jornada de ocho horas, en el maestro rural que pedía libros. El riel se quedó, el telégrafo se quedó, pero sobre todo, se quedó la exigencia de que el progreso, si no es para todos, no es progreso.

La Revolución terminó.

Y llegamos a la última demolición. La Revolución Mexicana fue nuestra obra más sangrienta y también la más humana. Un millón de muertos, un país destruido otra vez, caudillos asesinados, constituciones escritas a caballo.

La Revolución como lucha armada terminó. Terminó en 1917 con una Constitución, terminó en los años 20 con la creación de instituciones, terminó en los 40 cuando dejamos de matar presidentes. Sus generales se volvieron banqueros, sus agraristas se volvieron burócratas, sus ideales se volvieron siglas.

Si la vemos como movimiento armado, también desapareció.

Pero México permaneció. Y es aquí donde el ingeniero Padilla Farfán quiere cerrar su reflexión.

¿Qué es eso que permaneció? No es una piedra, no es un palacio, no es un régimen.

Lo que permaneció, dice él, es un proyecto. Una idea terca de 700 años de que aquí, en este valle y en estas sierras y en estas costas, hay un pueblo que quiere gobernarse a sí mismo. Que quiere ser mestizo sin avergonzarse de su parte indígena ni de su parte española. Que quiere ser libre, aunque no sepa bien cómo. Que quiere ser justo, aunque le cueste siglos.

Tenochtitlán nos enseñó a construir sobre el agua. La Nueva España nos enseñó a resistir 300 años. El Imperio nos enseñó que no queremos rey. El Porfiriato nos enseñó que sin justicia no hay estabilidad. La Revolución nos enseñó que la ley debe escribirse con las manos de los campesinos y los obreros.

Todas esas capas están hoy bajo nuestros pies. Cuando un ingeniero hace una mecánica de suelos en el Centro Histórico, encuentra a tres metros la cantera colonial, a seis metros la cerámica azteca, y a diez metros el lodo del lago. Así es México: una superposición de obras desaparecidas que, juntas, sostienen la que hoy está en pie.

Por eso concluye el ingeniero Padilla Farfán que nuestra tarea hoy no es inventar otro México. Es darle mantenimiento a esa obra que permaneció. No necesita demolición, necesita refuerzo. Necesita ingenieros, maestros, empresarios y ciudadanos que entiendan que las estructuras políticas pasan, pero la nación permanece si cuidamos sus cimientos: su gente, su trabajo y su memoria.

Muchas gracias.


Nosotros

Paralelo 19 es un periódico digital que tiene como principal objetivo mantener informada a la ciudadanía de manera veraz y objetiva.

El proyecto nace de la inquietud de periodistas, emprendedores y comunicólogos de otorgar la mejor información a los lectores en todos sus sectores; el político, el social, el cultural, el deportivo, el laboral, el empresarial y el religioso, con la finalidad de brindarles una experiencia multimedia que satisfaga las necesidades de la audiencia.

Leer más…