El que entrega y el que se va deben de saber que esto es efímero, como el tiempo mismo.
Qué complicado es la sucesión en un puesto. Requiere mucha madurez, de quien lo deja y de quien llega. Para el que se va, sacudirse el ego, despedirse de los amigos del puesto y reinventarse para lo que viene. Siempre lo que viene conviene, unos dicen; yo puedo decir que me consta. Para el que llega, con el simple hecho de saber que es efímero, como el tiempo mismo, es suficiente. Tratar al que se va, recordando que seguramente más pronto que temprano estarás en esa silla. Mi padre decía que esto es como una olla de frijoles o la rueda de la fortuna: a veces arriba, a veces abajo. El Papa Francisco decía:
Cuando vayas subiendo, saluda y trata bien a todos. Son los mismos que te vas a encontrar cuando vayas bajando”.
Luego vienen esos temas engorrosos de entrega-recepción. A veces hay que ser muy frío, porque lo que te juegas es tu propio pellejo. El que sale tiene que ser cuidadoso en dejar las cosas bien; el que entra debe de revisar que todo esté en orden y observar lo que está fuera de lugar. De lo contrario, esos “desacomodos” serán propios y habrá que enfrentarse a ellos a la hora de entregar.
Después vienen las tentaciones, de uno y de otro. Al que deja el puesto le podría ser fácil criticar estilos o formas de hacer las cosas. Para quien llega, la tentación está en echar culpas, que, como ya he dicho muchas veces en este espacio, es de mediocres. Quizá es una de las cartas que se deben de quemar cuando se está en un aprieto: echarle la culpa al pasado puede ser una salida razonable, pero cuando ya es crónico, sin duda es patológico.
El día lunes 21 de septiembre de 2026, a las 4 am, tiempo de México, el Vaticano anunció que el Papa León XIV aceptaba la renuncia a Monseñor Víctor Sánchez Espinosa y nombraba como Arzobispo de Puebla de los Ángeles a Monseñor Jorge Carlos Patrón Wong. Para los que estábamos despiertos a esa hora y además somos aficionados de los eventos históricos, seguramente recordaremos siempre esta madrugada. No es poca cosa, estamos ante la sucesión de una de las diócesis más importantes de México.
Por cierto, algunos apuntaban que era un obispo no poblano; sin embargo, como sus antecesores, también pasó por el Seminario Palafoxiano. Además de sus estudios y los encargos, hace no mucho tiempo tuvo en Roma, sin duda el Papa pensó muy bien la sucesión en la Iglesia Angelopolitana. Se nota que le interesa mucho el destino de esta diócesis.
Para los que creemos, los obispos son sucesores nada más y nada menos que de los apóstoles. Son la máxima autoridad eclesiástica en su territorio. Son los únicos que pueden celebrar ciertos sacramentos, como la Confirmación, que lo pueden hacer por delegación, o la Ordenación Sacerdotal. El Papa es el Obispo de Roma, el primero entre iguales, sus iguales: los obispos, repito, los sucesores de los apóstoles.
¿Y cómo será la sucesión? Pues como se ha hecho en una institución que tiene más de 2 mil años, algo deben de hacer bien. Se nos llena la boca hablando de los malos Papas, obispos o sacerdotes; pero también estamos los malos laicos y, a pesar de ello, ahí está, como la Puerta de Alcalá, viendo pasar el tiempo. A pesar de los errores humanos, no ha cambiado en esencia su concepción de lo bueno y lo malo. No porque un Papa, obispo o sacerdote haya sido de una forma u otra, la institución se adaptó al capricho. Quizá ahí está la clave.
Desde Pedro hasta León XIV, los 267 Papas que ha tenido la Iglesia Católica Universal, así como en nuestra Iglesia local, la de Puebla y sus 40 obispos, desde Fray Julián Garcés, pasando por el gran Beato Juan de Palafox, hasta llegar a Don Víctor Sánchez. La sucesión siempre ha tratado de continuidad.
No vemos a un Papa borrando del magisterio de la Iglesia la encíclica de un Papa anterior, todo lo contrario. Tampoco vemos algún obispo de Puebla construir una tercera torre a catedral. Dirán que es absurdo, pero créanme, en las sucesiones civiles he visto eso y más, con tal de derrumbar la imagen de su antecesor. Usted, lector, puede dar fe de ello.
Apunte al aire
Necesitamos sucesión de continuidad y no de rompimiento. A veces el ego estorba, pero aprovechar el impulso de lo antes hecho podría ser de mucho beneficio. A veces toca aprender de esta institución de tradiciones milenarias, que por algo ha sobrevivido a persecuciones, cismas, escándalos y lo que se les pueda ocurrir.
Los candidatos que hoy se postulan, la primera carta que ofrecen a la ciudadanía es dinamitar todo. Sin fijarse en que. Lo primero que hacen es cambiar a todo el equipo de trabajo, hasta resulta una obviedad. En cambio, vea usted: el primer anuncio del Arzobispo electo de Puebla fue que los obispos auxiliares se quedan.
Prometen, pero no ven que, al menos en Puebla, los primeros seis meses de gobierno, sin una entrega-recepción tersa, resulta casi imposible concretar acciones y, con ello, ya se fue una sexta parte de la administración. El romper con lo que está, a veces parece más importante que construir una mejor ciudad. Ven por qué les digo que no es tan absurdo eso de la tercera torre de catedral.
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