Lo ocurrido en Chihuahua con Andrea Chávez no es un hecho aislado. Es una de las señales más claras de que Claudia Sheinbaum comenzó a tomar el control político de Morena y, sobre todo, del rompecabezas electoral que heredó del obradorismo.
En las definiciones rumbo a 2027 algunas piezas vinculadas a los antiguos grupos de poder sobrevivieron, otras fueron desplazadas y varias tendrán que aprender a convivir con una realidad distinta: hoy el centro de las decisiones ya no está en las corrientes que crecieron alrededor de las antiguas “corcholatas”, sino en la Presidencia de la República.
Eso no convierte automáticamente a todos los beneficiados en “claudistas”. Morena sigue siendo una suma de intereses, gobernadores, liderazgos regionales, Verde, PT y estructuras propias. Pero sí marca una diferencia: Sheinbaum ya no administra el partido heredado; comienza a construir su propio equilibrio de poder.
Y después de las gubernaturas vendrá lo demás.
Alcaldías, diputaciones federales, congresos locales y posiciones estratégicas entrarán en la misma lógica.
Por eso Puebla debe leer con atención lo ocurrido a nivel nacional.
Pero con una diferencia fundamental: Puebla no es un tablero vacío.
Alejandro Armenta ha construido su propio control político del estado y llega a esta etapa con resultados de gobierno, estructura territorial y una relación de coordinación permanente con la Presidenta.
Eso también pesa.
En Puebla, entonces, la definición de 2027 no puede entenderse como una simple imposición desde el centro ni como una decisión exclusivamente local. Será el encuentro de dos fuerzas: una Presidencia que consolida el control nacional de Morena y un gobernador que ejerce el poder político en su territorio.
Aquí hay grupos que se sienten fuertes por sus estructuras locales, personajes que apuestan por relaciones construidas en el sexenio anterior y aspirantes que creen que el camino a 2027 se resolverá únicamente con padrinos.
Puede que estén leyendo mal el momento.
Porque en Puebla importará el territorio, importarán las encuestas, importarán los resultados y, por supuesto, importará la opinión del gobernador.
Pero también contará la relación con el nuevo poder presidencial.
El reto para Sheinbaum será acomodar las piezas sin provocar rupturas.
Y el de Armenta, mantener el control político del estado mientras comienza una disputa en la que cada grupo buscará demostrar cuánto pesa realmente.
Porque sacar a alguien de una candidatura es relativamente sencillo.
Conseguir que después trabaje para quien ganó, no.
Ahí comenzará la verdadera disputa de 2027.
Y Puebla será uno de los estados donde podremos medir cómo conviven dos poderes que hoy caminan coordinados: el de Claudia Sheinbaum a nivel nacional y el de Alejandro Armenta en el estado.









